(BIOGRAFIA) LA POETISA QUE CONVIRTIÓ EL SILENCIO EN VERSO, DULCE MARÍA LOYNAZ
En una casona señorial de La Habana, entre palmeras y jazmines, nació el 10 de diciembre de 1902 una niña destinada a convertirse en una de las voces poéticas más singulares del siglo XX. Su nombre: Dulce María Loynaz Muñoz. Hija de un general del Ejército Libertador de Cuba y educada en un mundo de libros, música y patriotismo, Dulce María no imaginaba que su vida sería un largo poema tejido entre la gloria literaria y el exilio interior, entre tertulias brillantes y tres décadas de silencio autoimpuesto.
Su historia es la de una mujer que eligió la soledad como forma de libertad, que prefirió el jardín al mundo, que transformó el encierro en creación. Es la historia de cómo una voz femenina intimista se convirtió en Premio Cervantes, de cómo el silencio puede ser la forma más elocuente de resistencia.
La Niña del Jardín Encantado
Dulce María nació en una familia extraordinaria. Su padre, el General Enrique Loynaz del Castillo, era un héroe de la Guerra de Independencia cubana, el hombre que escribió la letra del "Himno Invasor" ("A las armas, valientes cubanos, a Occidente nos llama el deber..."), el militar que estuvo junto a Antonio Maceo y fue amigo personal de José Martí.
Su madre, María de las Mercedes Muñoz de Quesada, era una mujer culta y refinada, aficionada al canto, la pintura y el piano. En ese hogar privilegiado de La Habana, primero en la casa de San Rafael y Amistad en Centro Habana, y luego en la célebre casona de Línea entre 14 y 16 en El Vedado, crecieron cuatro hermanos que parecían destinados a la poesía: Enrique, Dulce María, Flor y Carlos Manuel.
Los hermanos Loynaz no pisaron jamás una escuela pública ni privada. Fueron educados en casa por preceptores que llegaban a la casona familiar, en un ambiente de "celoso enclaustramiento y lujo", como se ha descrito. Era un mundo aparte, aristocrático, letrado, casi irreal en su perfección.
Todos los hermanos Loynaz escribieron poesía. Pero solo Dulce María decidió hacer pública su obra, enfrentarse al mundo exterior con sus versos.
Ya de niña mostraba esa sensibilidad especial que la acompañaría toda la vida. Hay una anécdota que resume su espíritu: pequeña, escuchó un ruido una noche, salió al patio y encontró "la luna quebrada que se cayó del cielo". La recogió y la sembró a los pies de un almendro tierno. Esa niña que sembraba lunas tenía la poesía corriendo por las venas.
La Joven Abogada que Prefería los Versos
En la década de 1920, cuando las mujeres cubanas apenas comenzaban a acceder a la universidad, Dulce María inició estudios de Derecho Civil en la Universidad de La Habana, junto a su hermano Enrique. Era una decisión audaz para una mujer de su época y clase social.
En 1927, a los 24 años, se doctoró en Leyes por la Universidad de La Habana. Fue una de las primeras mujeres cubanas en lograrlo. Sin embargo, aunque brillante en el ámbito legal, nunca fue su verdadera vocación. Ejerció la abogacía hasta 1961, pero solo atendiendo asuntos familiares, como si el derecho fuera una obligación y la poesía su verdadera vida.
En 1944 recibió la Orden González Lanuza, conferida a quienes aportaban los frutos de sus estudios y experiencias en el campo del derecho. Fue la primera mujer en recibirla. Un logro que apenas menciona en sus memorias, como si fuera un detalle sin importancia comparado con un verso bien escrito.
Pero mientras estudiaba leyes, Dulce María ya era poetisa. Sus primeros poemas aparecieron en el periódico La Nación cuando tenía apenas 17 años, en 1920: "Invierno de almas" y "Vesperal". Entre 1920 y 1938, diversos textos suyos fueron apareciendo en esa publicación.
Escribía desde muy joven. Su primer libro, Versos, fue escrito entre 1920 y 1928, aunque no se publicó hasta 1950. Eran poemas de juventud, pero ya mostraban esa voz única: intimista, musical, honda.
La Viajera que Descubrió el Mundo
A diferencia de muchas mujeres de su época, Dulce María viajó extensamente. Y esos viajes marcaron profundamente su obra.
En 1929, junto a su madre y su hermana Flor, realizó un viaje extraordinario por el Medio Oriente: Turquía, Siria, Libia, Palestina y Egipto. Para una mujer cubana de 27 años en 1929, era una aventura casi inconcebible.
En el museo de Luxor, ante la tumba recién descubierta del joven faraón Tutankamón, Dulce María sintió algo inexplicable. Se enamoró. Se enamoró de un muerto de hace tres mil años, de un rey niño momificado, de una historia que había terminado milenios antes de que ella naciera.
Y escribió uno de sus textos más extraordinarios: "Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen" (1953), un poema epistolar lírico de profunda connotación romántica dirigido al faraón desaparecido. Es un texto único en la literatura hispanoamericana: una carta de amor imposible atravesando milenios.
Visitó Estados Unidos en 1920, México en 1937, varios países de Sudamérica entre 1946 y 1947. Pero fue en las Islas Canarias donde encontró su segundo hogar. Viajó allí en 1947 y 1951, y quedó tan prendada de Tenerife que la isla la declaró hija adoptiva. Ella, a su vez, adoptó a España como su segunda patria.
De esa experiencia nació "Un verano en Tenerife" (1958), un libro de viajes que ella misma consideraba "lo mejor que he escrito". Es una prosa poética, luminosa, donde describe el paisaje canario con ojos de enamorada.
La Anfitriona de los Jueves
En la década de 1930, la casa de los Loynaz en El Vedado se convirtió en el centro neurálgico de la vida cultural habanera. Cada jueves por la tarde, en las llamadas "juevinas", la casona abría sus puertas a lo más selecto de la intelectualidad cubana e internacional.
Por aquellos salones pasaron figuras inmortales:
Federico García Lorca visitó la casa en 1930, durante su estancia en Cuba. Dulce María y Federico congeniaron inmediatamente. El poeta español le dedicó versos, conversaron sobre poesía, pasearon por La Habana. Quedó fascinado con la familia Loynaz.
Juan Ramón Jiménez, el poeta de Moguer que ganaría el Nobel de Literatura en 1956, fue huésped frecuente. Admiraba profundamente la poesía de Dulce María.
Gabriela Mistral, la poetisa chilena, primera latinoamericana en ganar el Nobel de Literatura (1945), se hizo amiga entrañable de Dulce María. Sobre la novela Jardín dijo Gabriela: "Para mí, leer Jardín ha sido el mejor 'repaso' de idioma español que he hecho en mucho tiempo..."
También pasaron por allí Alejo Carpentier, Emilio Ballagas, Rafael Marquina, Carmen Conde y tantos otros.
"Vamos a donde los Loynaz", era la consigna entre intelectuales en La Habana. Visitar aquella casa era obligatorio para cualquier escritor que llegara a Cuba.
Dulce María era una anfitriona perfecta: elegante, culta, discreta. No buscaba protagonismo, pero su sola presencia irradiaba inteligencia y sensibilidad. Hablaba poco, escuchaba mucho, observaba todo.
La Poetisa del Amor Imposible
La poesía de Dulce María Loynaz es intensamente personal, intimista, musical. Pertenece a esa generación de poetisas femeninas intimistas americanas: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira Agustini. Todas fueron sus amigas. Todas han muerto. Dulce María fue la última superviviente de aquella generación gloriosa.
Sus grandes temas son el amor, la soledad, la naturaleza, el tiempo, la muerte. Pero sobre todo, la soledad. Dulce María es, fundamentalmente, la poetisa de la soledad elegida, buscada, amada.
Uno de sus poemas más conocidos, "Quiéreme entera", resume su concepción del amor total, sin medias tintas:
Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra…
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca, y gris, verde, y rubia,
y morena…
Quiéreme día,
quiéreme noche…
¡Y madrugada en la ventana abierta!…Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda… O no me quieras!
Son versos libres, blancos, sin rima, sin métrica fija. Modernos. Directos. Femeninos en el mejor sentido: afirmando la totalidad del ser.
En "Canto a la mujer estéril" (1937), aborda el dolor de la infertilidad con una intensidad desgarradora. Es un poema largo, de profunda connotación existencial, donde la mujer que no puede procrear se enfrenta al sol, símbolo de vida y fertilidad. El crítico Raimundo Lazo lo llamó "magnífico poema, síntesis de su contenido de resonancia universal".
En "Poemas sin nombre" (1953), despoja a sus versos hasta de título, como si las palabras sobraran, como si el sentimiento fuera más puro sin etiquetas.
Su poesía es, como ella misma escribió, su espacio de libertad:
En mi verso soy libre: él es mi mar.
Mi mar ancho y desnudo de horizontes…
En mis versos yo ando sobre el mar,
camino sobre olas desdobladas
de otras olas y de otras olas…
Jardín: La Novela Profética
Entre 1928 y 1935, Dulce María escribió su única novela: Jardín. No se publicó hasta 1951, en España.
Jardín es una obra inclasificable. Es una novela lírica, poética, donde la protagonista, Bárbara, vive encerrada en un jardín desde su nacimiento, sin conocer el mundo exterior. El jardín es su universo: exuberante, mágico, opresivo.
La novela utiliza recursos que hoy asociamos con el realismo mágico: la fusión de lo real y lo fantástico, el tiempo circular, la naturaleza animada, lo onírico conviviendo con lo cotidiano.
Aquí está lo extraordinario: Jardín fue escrita entre 1928 y 1935, décadas antes de que Gabriel García Márquez publicara Cien años de soledad (1967), antes de que el boom latinoamericano explotara. Dulce María se adelantó al realismo mágico. Es una precursora ignorada.
La novela también tiene una lectura feminista. Bárbara, encerrada en el jardín, representa a la mujer confinada por las convenciones sociales. Cuando finalmente sale al mundo exterior, a la ciudad (que se parece a La Habana), descubre la libertad pero también la pérdida. Al regresar al jardín, este ha sido destruido. No hay vuelta atrás.
Fue escrita poco después de que las mujeres cubanas obtuvieran el derecho al voto (1934), en una época de intenso feminismo en Cuba. La actitud feminista de Dulce María está presente en toda la obra.
Gabriela Mistral la elogió por su manejo del idioma. Los críticos españoles la celebraron. Pero en Cuba, en 1951, apenas tuvo repercusión. La autora vivía ya en su propio jardín interior.
El Amor Tardío: Pablo Álvarez de Cañas
Dulce María se casó dos veces. Su primer matrimonio fue breve y del que apenas se habla.
Su segundo esposo, Pablo Álvarez de Cañas, fue el gran amor de su vida. Se casaron cuando ella ya no era joven. Pablo era una figura relevante en los círculos sociales habaneros: culto, elegante, discreto.
Fue él quien impulsó la publicación de sus obras en España en los años 50. Fue él quien la acompañó en sus viajes. Fue él quien organizó las veladas literarias en la casa de El Vedado.
Dulce María le dedicó su libro más personal: "Fe de vida" (1994), una obra autobiográfica centrada fundamentalmente en dar a conocer a Pablo, "para muchos invisible hasta ese momento", según sus propias palabras.
Era un hombre discreto hasta la invisibilidad, que prefería estar en la sombra mientras su esposa brillaba. Un amor silencioso, profundo, duradero.
Pablo murió antes que ella. Y su muerte fue uno de los factores que profundizó el aislamiento de Dulce María en sus últimas décadas.
1959: El Silencio como Respuesta
El 1 de enero de 1959, Fidel Castro entró triunfante en La Habana. La Revolución Cubana había triunfado.
Y Dulce María Loynaz, en la cumbre de su fama literaria, se encerró en su casa.
Durante casi treinta años, entre 1959 y finales de los años 80, Dulce María vivió en un exilio interior. No abandonó Cuba —nunca lo haría—, pero se retiró casi completamente de la vida pública.
¿Por qué?
No fue porque se opusiera activamente al régimen. Dulce María nunca fue política. Era profundamente apolítica, en un país donde la política lo invadía todo.
Fue porque el mundo que conocía había desaparecido. Las tertulias literarias, los viajes a Europa, el ambiente aristocrático y culto en el que había crecido... todo se evaporó.
Recibió ofertas de España y Estados Unidos para abandonar Cuba. Las rechazó todas. En una ocasión dijo: "Yo soy hija de uno que luchó por la libertad de Cuba, quien tiene que irse es el hijo de quien quería que siguiera siendo colonia".
Su padre había peleado por la independencia. Ella no traicionaría esa memoria abandonando la isla.
Pero tampoco podía adaptarse al nuevo régimen. No participó en actos oficiales. No escribió poemas a la revolución. No se afilió a organizaciones culturales del gobierno.
Simplemente se encerró en su casona de Línea entre 14 y 16, en El Vedado, y vivió entre sus libros, sus recuerdos y su jardín cada vez más invadido por edificios modernos que bloqueaban la vista del mar.
Ya no escribía poesía. Según sus amigos más cercanos, dejó de escribir versos por completo tras 1959. Como si la voz poética necesitara un mundo que ya no existía.
Fue, en palabras de la antropóloga Ruth Behar, una "mujer que ya no existe" viviendo en una casa que ya no existe en un mundo que ya no existe.
Sus últimas publicaciones en Cuba antes del silencio fueron escasas. Luego, nada durante años. Décadas.
En La Habana, la gente decía: "¿Dulce María Loynaz? ¿No se fue al extranjero?" "¿No murió?" Nadie sabía dónde estaba. Se convirtió en un fantasma, en una leyenda.
El Redescubrimiento: Pinar del Río y los Años 80
En la década de 1960, un pianista de Pinar del Río llamado José Antonio Martínez de Osaba comenzó a buscarla. Hizo averiguaciones. Algunos decían que había partido al extranjero, otros que vivía aún en La Habana, otros que había muerto.
Tras una búsqueda tenaz, dio con ella en 1969. Viva, recluida, casi olvidada.
Comenzó una correspondencia y visitas periódicas. Construyeron una gran amistad. Fue el primer acercamiento de Dulce María con el mundo exterior en una década.
Pero quien sellaría definitivamente los lazos de amistad fue el historiador Aldo Martínez Malo, que la conoció en 1971. Mantuvieron una amplia correspondencia que luego sería recogida en el epistolario "Cartas que no se extraviaron" (1997).
Gracias a estos amigos de Pinar del Río, Dulce María comenzó a recibir reconocimientos. En 1990, donó su biblioteca personal —que atesoraba ediciones príncipe, obras dedicadas por sus autores, títulos importantísimos— para fundar en Pinar del Río el "Centro de Promoción y Desarrollo de la Literatura Hermanos Loynaz".
Era su manera de honrar la memoria de sus hermanos Enrique, Flor y Carlos Manuel, todos muertos ya. Ninguno de los cuatro hermanos Loynaz dejó descendencia. La estirpe se extinguía.
En 1985 se publicaron en La Habana sus "Poesías Escogidas". Era el redescubrimiento oficial. Una nueva generación de cubanos descubría a la gran poetisa que había vivido entre ellos, invisible, durante décadas.
En 1987 recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba, el máximo galardón literario del país.
En 1991 se publicó "Bestiarium", un libro de poemas escritos antes de 1959 que demostraba su sentido del humor y su imaginación desbordante. También "La novia de Lázaro".
Dulce María emergía del silencio. Pero ya era una anciana de casi 90 años.
El Premio Cervantes: Gloria Tardía
En 1984, la Real Academia Española la nominó al Premio Miguel de Cervantes, el galardón literario más importante en lengua española, considerado el "Nobel de las letras hispanas".
El 5 de noviembre de 1992, a los 89 años, Dulce María Loynaz recibió el Premio Miguel de Cervantes.
Era la primera mujer cubana y la primera mujer latinoamericana en recibirlo. Fue un reconocimiento mundial a una obra que había permanecido casi oculta durante décadas.
En 1993 viajó a España por última vez. Tenía 90 años. Frágil, casi ciega, pero lúcida y ágil de mente.
El 23 de abril de 1993, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el Rey Juan Carlos I le entregó el premio.
Dulce María no pudo leer su discurso. Lo hizo en su nombre el novelista cubano Lisandro Otero. En él expresó:
"Unir el nombre de Cervantes al mío, de la manera que sea, es algo tan grande para mí que no sabría qué hacer para merecerlo, ni qué decir para expresarlo".
Fue un momento de inmensa emoción. La poetisa del silencio, redescubierta al final de su vida, recibía el máximo honor literario en español.
España le otorgó la Orden de Isabel la Católica y el Premio Federico García Lorca. Cuba la colmó de reconocimientos: la Orden Félix Varela, el título de Doctora Honoris Causa por la Universidad de La Habana.
Pero ya era tarde. Dulce María volvió a Cuba y se recluyó de nuevo en su casa. El viaje a España la había agotado.
Los Últimos Días de una Casa
En sus últimos años, Dulce María era una presencia fantasmal en su propia casa. Caminaba lentamente por los pasillos, por el jardín invadido, hablando con los recuerdos.
Su casona de El Vedado, que había sido centro de la vida cultural habanera, estaba deteriorándose. El jardín, antes exuberante, ahora estaba rodeado de edificios que bloqueaban el sol. Ya no se veía el mar desde el traspatio. Los jazmines habían desaparecido.
Escribió un poema extraordinario, "Últimos días de una casa" (1958), donde la vieja casa, en trance agónico, cuenta su historia y clama por la familia que, como el alma del cuerpo, se le ha ido. Es un "tremendo patetismo", según el crítico Antonio Oliver.
Era, por supuesto, un autorretrato.
El 15 de abril de 1997, el Centro Cultural de España en La Habana le rindió homenaje en su residencia de E y 19, en el 45º aniversario de la publicación de Jardín.
Fue su última aparición pública. Duró apenas unos minutos. Dulce María estaba muy frágil.
Ese mismo día fue internada en el hospital CIMED en estado grave.
El 27 de abril de 1997, a los 94 años, Dulce María Loynaz falleció de un paro cardio-respiratorio.
Fue sepultada el 28 de abril en el panteón familiar del Cementerio de Colón en La Habana, presunta fecha del cumpleaños de su fallecido esposo Pablo.
Asistieron figuras importantes del ámbito cultural y político cubano, representantes de la Iglesia católica, pero fundamentalmente estaba su pueblo, para decirle el último adiós.
Durante el funeral, de los altavoces salía su propia voz, grabada años antes, declamando parte de la obra que la hizo merecedora del Premio Cervantes.
Su voz, que había estado silenciada durante décadas, sonaba ahora sobre su ataúd.
Ninguno de los cuatro hermanos Loynaz dejó descendencia. La familia se extinguió con ellos.









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