(#BIOGRAFIAS Presenta) La Voz Esencial de la Poesía Latinoamericana, Blanca Varela


Blanca Leonor Varela Gonzales nació en Lima el 10 de agosto de 1926, en el barrio del Cercado. Hija de Esmeralda Gonzales Castro y Alberto Varela Orbegoso, creció en el vecindario de Santa Beatriz, donde se formaron las primeras impresiones que más tarde nutrirían su poesía. Su educación formal transcurrió en el Colegio Antonio Raimondi y la Institución Educativa Emblemática Rosa de Santa María, para luego ingresar a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 1943, donde estudió Letras y Educación.

Durante su etapa universitaria, Varela forjó conexiones cruciales con figuras que marcarían tanto su vida personal como su trayectoria literaria. Entre sus compañeros de generación se encontraban Sebastián Salazar Bondy, Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson y el pintor Fernando de Szyszlo, con quien contraería matrimonio en 1949. Estos jóvenes intelectuales compartían inquietudes artísticas y solían pasar temporadas en Puerto Supe, en la casa de las hermanas Bustamante, donde se gestaron muchas de sus primeras creaciones.

Su incursión en el mundo literario comenzó formalmente en 1947, cuando empezó a colaborar en la revista Las Moradas, dirigida por Emilio Adolfo Westphalen. Estos primeros poemas, aún no reunidos en libro, ya mostraban la voz singular que caracterizaría toda su obra.

El mismo día de su boda con Fernando de Szyszlo, la pareja partió hacia Europa en el barco Reina del Pacífico, iniciando una etapa fundamental en su desarrollo intelectual y creativo. En París, gracias al encuentro con Octavio Paz —quien se convertiría en su mentor y amigo—, Varela se integró al círculo de intelectuales latinoamericanos y españoles radicados en Francia. De esta época data su amistad con figuras como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Henri Michaux, Alberto Giacometti, Fernand Léger, Rufino Tamayo, Julio Cortázar y Carlos Martínez Rivas.

Después de su estancia en París, Varela vivió en Florencia y luego en Washington, dedicándose a la traducción y al periodismo cultural ocasional. Su regreso definitivo a Lima se produjo en 1962, aunque continuaría realizando viajes, principalmente a Estados Unidos, España y Francia. Con sus dos hijos, Vicente y Lorenzo, estableció su vida en la capital peruana, donde desarrolló una actividad cultural significativa aunque discreta.

Entre 1963 y 1965 se dedicó a la traducción y al periodismo cultural para revistas como Oiga y Caretas, y posteriormente integró el comité de redacción de la revista Amaru. También trabajó en el Fondo de Cultura Económica, donde impulsó colecciones como "Piedra del Sol" y "Encuentros", promoviendo la publicación de importantes escritores peruanos.

En 1996, su vida sufrió un golpe devastador cuando su hijo Lorenzo falleció en el accidente aéreo del Vuelo 251 de Faucett Perú cerca de Arequipa, tragedia que marcaría profundamente su poesía posterior, especialmente su poemario Concierto animal (1999).

A diferencia de otros escritores, Varela mantuvo siempre un perfil bajo, rehuyendo entrevistas y apariciones públicas. Su obra, sin embargo, ganó reconocimiento internacional, siendo traducida al alemán, francés, inglés, italiano, portugués y ruso.

Blanca Varela falleció el 12 de marzo de 2009 en Lima, a los 82 años. Siguiendo sus deseos, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas esparcidas en la bahía de Paracas, regresando así al mar que tantas veces había evocado en su poesía.

Contexto Histórico

La trayectoria vital y creativa de Blanca Varela se desarrolló en un período de profundas transformaciones políticas, sociales y culturales, tanto en Perú como en el ámbito internacional.

En el Perú de mediados del siglo XX, cuando Varela iniciaba su carrera literaria, el país experimentaba un proceso de modernización desigual, con tensiones entre tradición y progreso. La década de 1940, durante su formación universitaria, estuvo marcada por el gobierno de Manuel Prado y Ugarteche (1939-1945) y luego por el breve período democrático de José Luis Bustamante y Rivero (1945-1948), antes del golpe militar de Manuel Odría.

Mientras tanto, en el panorama literario peruano, comenzaba a gestarse una generación que buscaría nuevos caminos expresivos, más allá del indigenismo que había dominado las décadas anteriores. La llamada "Generación del 50", a la que Varela perteneció junto a figuras como Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson y Sebastián Salazar Bondy, exploró tendencias cosmopolitas sin abandonar las preocupaciones por la realidad nacional.

Su estancia en París coincidió con el período de efervescencia intelectual de la posguerra europea, donde el existencialismo, encabezado por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, proponía una nueva forma de entender la condición humana, mientras el surrealismo continuaba ejerciendo una poderosa influencia en las artes. Este ambiente cultural, donde se cuestionaban valores tradicionales y se buscaban nuevos lenguajes artísticos, impactó profundamente en la visión poética de Varela.

Al regresar a Perú en los años 60, el país experimentaba nuevas turbulencias políticas y sociales, con el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) implementando reformas nacionalistas y populistas. En este contexto, Varela mantuvo una postura independiente, alejada de militancias explícitas pero siempre atenta a la realidad circundante.

En el ámbito literario, las décadas de 1970 y 1980 vieron surgir en Latinoamérica nuevas voces poéticas femeninas que cuestionaban roles tradicionales y exploraban nuevas formas de expresión. Aunque Varela no se identificó explícitamente con el feminismo, su obra, con su lúcida exploración de la experiencia humana desde una perspectiva femenina, contribuyó significativamente a este movimiento.

Las últimas décadas de su vida transcurrieron en un Perú que enfrentaba el terrorismo de Sendero Luminoso, la hiperinflación del gobierno de Alan García y el autoritarismo de Alberto Fujimori, seguido por un difícil retorno a la democracia. En este contexto de crisis y transformaciones, su poesía madura ofreció una reflexión profunda sobre la condición humana, la vulnerabilidad del cuerpo y el paso del tiempo.

Una Voz Poética Singular

La contribución más significativa de Blanca Varela a la literatura hispanoamericana radica en su inconfundible voz poética, caracterizada por una intensidad despojada de ornamentos y una lucidez sin concesiones. Su poesía, que evoluciona desde un tono más cercano al surrealismo en sus primeros libros hacia una expresión más descarnada y esencial en su obra madura, ofrece una mirada penetrante sobre la experiencia humana.

Varela consiguió crear un lenguaje propio que, como señaló Octavio Paz, "no se parece a nada de lo que se ha escrito en nuestro idioma". Su poesía combina la exploración metafísica con la atención a lo corporal y cotidiano, fusionando lo abstracto y lo concreto en imágenes sorprendentes.

Renovación de la Tradición Poética

En un panorama literario donde la expresión poética había estado dominada por voces masculinas, Varela introdujo una perspectiva distinta, no por reivindicar explícitamente una "escritura femenina", sino por integrar naturalmente en su poesía experiencias y percepciones desde su condición de mujer.

Su obra estableció un diálogo fructífero con diversas tradiciones: la poesía hispanoamericana (particularmente César Vallejo), el surrealismo francés, la filosofía existencialista y la poesía mística española. De estos diversos afluentes, Varela construyó una expresión original que expandió las posibilidades del lenguaje poético en español.

Exploración de Nuevos Territorios Temáticos

Varela abordó temas como la maternidad, el cuerpo, la identidad y la relación con el lenguaje desde ángulos innovadores. En poemarios como *Ejercicios materiales* (1993), exploró la materialidad de la existencia y el cuerpo como espacio de conocimiento y sufrimiento.

Su poesía cuestionó las certezas y celebró la ambigüedad como forma de conocimiento. Lejos de ofrecer respuestas confortables, sus poemas plantean interrogantes radicales sobre la condición humana, la muerte y los límites del lenguaje.


Influencia en Generaciones Posteriores

Aunque tardíamente reconocida, la obra de Varela ha ejercido una influencia considerable en poetas hispanoamericanos más jóvenes. Su estética despojada, su honestidad intelectual y su búsqueda de un lenguaje esencial han inspirado a numerosos escritores, particularmente a voces femeninas que encontraron en ella un referente de rigor y autenticidad.


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