(#BIOGRAFÍAS) El Maestro de América, Humanista, Jurista y Forjador de Naciones: Andrés Bello
Una vida entre tres mundos
Imagina tener que reinventarte no una, sino dos veces en tu vida. Andrés Bello lo hizo, y en el proceso ayudó a construir las bases de naciones enteras.
Nacido en Caracas en 1781, cuando América aún era un mosaico de colonias españolas, Bello creció en una casa peculiar: la de su abuelo materno, justo detrás del convento de los Mercedarios. Esa cercanía no fue casual. La biblioteca del convento se convirtió en su segundo hogar, y un fraile llamado Cristóbal de Quesada, experto en latín, le abrió las puertas a los clásicos que marcarían toda su obra.
No era de familia aristocrática, pero su inteligencia le ganó un lugar en los círculos ilustrados de Caracas. A los 18 años, algo sorprendente: le tocó dar clases a un joven inquieto llamado Simón Bolívar. Años después, ese alumno liberaría medio continente.
Londres: Diecinueve años de exilio creativo
En 1810, con la revolución independentista en marcha, Bello viajó a Londres en misión diplomática junto a Bolívar y Luis López Méndez. Pensaba quedarse unos meses. Se quedó 19 años.
Cuando Venezuela cayó de nuevo bajo control español en 1812, Bello quedó varado, sin patria y casi sin dinero. Fueron años duros: transcribió manuscritos de Jeremy Bentham para sobrevivir, dio clases particulares, perdió a su primera esposa Mary Ann en 1821. Pero esos años también fueron extraordinariamente fértiles.
En el Museo Británico, Bello se sumergió en un océano de conocimiento. Estudió el Poema del Cid con una precisión que décadas después asombraría a Menéndez Pidal. Tradujo a Byron, a Victor Hugo. Escribió sus dos grandes poemas, las Silvas americanas, que por primera vez cantaban a América con voz propia pero forma clásica. Y, crucialmente, desarrolló sus ideas sobre gramática, derecho y educación.
Londres le dio algo más: una visión. Desde esa capital liberal, epicentro del pensamiento del siglo XIX, Bello pudo ver América con distancia crítica. Entendió que la independencia política no bastaría; había que construir naciones desde cero.
Chile: La obra maestra
En 1829, harto de la precariedad, aceptó un puesto en Chile. Tenía 48 años y una familia numerosa que mantener (se había casado con Isabel Dunn en 1824, con quien tendría 12 hijos). Lo que hizo en los siguientes 36 años es simplemente asombroso.
El Código Civil (1855): Durante 15 años, Bello trabajó en codificar las leyes civiles chilenas. El resultado no fue una simple copia del Código Napoleónico, como hicieron otros países. Bello creó algo nuevo: un código que respetaba la tradición jurídica romana e hispánica pero la adaptaba a la realidad americana. Fue tan bueno que Ecuador, Colombia y otros países lo adoptaron casi sin cambios. Sigue vigente en Chile hoy, aunque obviamente modificado.
La Gramática (1847): Su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos fue revolucionaria. Mientras otros veían al español de América como una corrupción, Bello lo legitimó. Analizó el castellano por sí mismo, no como un calco del latín. Su tratamiento de los tiempos verbales sigue siendo insuperado. Amado Alonso dijo que era "una de las mejores gramáticas de los tiempos modernos en cualquier idioma."
La Universidad de Chile (1843): Como primer rector, Bello no solo fundó una institución; diseñó un modelo. Creía que la educación pública era la base de la ciudadanía democrática. La universidad debía servir al país, producir conocimiento útil, formar profesionales íntegros.
El equilibrio imposible
¿Qué unifica toda esta obra dispersa? Una idea central: el equilibrio entre orden y libertad.
Bello vivió las guerras de independencia, vio cómo la libertad sin instituciones derivaba en caudillismo y caos. Pero también desconfiaba del autoritarismo. Su fórmula era construir el imperio de la ley: reglas claras, instituciones sólidas, ciudadanos educados. Solo así la libertad podía florecer de verdad.
Sus críticos, como José Victorino Lastarria, lo veían como conservador, demasiado cauteloso. Querían romper radicalmente con todo lo colonial. Bello argumentaba que cambiar las reglas del juego constantemente solo traía más conflicto. Había que reformar, sí, pero gradualmente, con cuidado.
Hoy suena menos conservador y más sensato.
Un humanista integral
Bello no fue solo abogado, o solo escritor, o solo poeta. Fue todo eso simultáneamente. Escribió sobre derecho internacional (su obra de 1832 anticipó el concepto de las 200 millas marítimas que Chile proclamaría en 1947). Editó periódicos. Fue senador por 28 años. Tradujo el Orlando Enamorado. Enseñó filosofía.
Su Filosofía del entendimiento, publicada póstumamente, mezclaba el idealismo de Berkeley con un rigor lógico-matemático adelantado a su época. Y siguió escribiendo poesía hasta el final: su traducción libre de "La oración por todos" de Victor Hugo se considera superior al original.
Murió el 15 de octubre de 1865, rodeado del respeto unánime de Chile. En su lecho de muerte, febril, murmuraba versos en latín del encuentro de Dido y Eneas en la Eneida. Hasta el final, un clásico.









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