#BIOGRAFIAS Presenta: La voz literaria de Tamaulipas, ALTAÍR TEJEDA DE TAMEZ



Una niña de Ciudad Victoria con vocación de maestra y poeta

Ciudad Victoria, Tamaulipas, 23 de octubre de 1922. En el corazón de México, en una ciudad que aún llevaba las marcas de la Revolución Mexicana recién terminada, nació María Altaír Tejeda Treviño. Hija de Rafael Tejeda Puente y Elvira Treviño, ambos profesores, Altaír creció rodeada de libros, de educación y del ejemplo de padres dedicados a formar mentes jóvenes.

Desde temprana edad mostró su gusto por la literatura, la escritura y el arte. No era casualidad. En una casa donde ambos padres eran maestros, las palabras importaban, la lectura era sagrada, y la educación era el camino hacia todo lo demás. Altaír realizó sus estudios primarios en la Escuela "Leona Vicario" y sus estudios secundarios en la Escuela Normal y Preparatoria de Tamaulipas.

Pero su formación no terminaría ahí. Al terminar la preparatoria, Altaír tomó una decisión valiente: migrar a la Ciudad de México para estudiar en la Escuela Nacional de Maestros. Era una joven de provincia adentrándose en la capital, siguiendo los pasos de sus padres para convertirse en profesora de Educación Primaria. Pero Altaír tenía ambiciones más grandes que solo seguir el camino marcado.

Se recibió como licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Coahuila. Y no conforme con eso, más tarde realizó una maestría en Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En los años cuarenta y cincuenta, cuando las mujeres mexicanas apenas comenzaban a acceder masivamente a la educación superior, Altaír no solo estudiaba: se preparaba para ser una de las voces literarias más importantes de su región.

La vida entre el aula y la página

Altaír contrajo matrimonio con Santiago Tamez Anguiano, con quien tuvo tres hijos: Antonio, Marisela y Jorge. Construyó una familia mientras construía su carrera, haciendo malabarismos entre la maternidad, la docencia y la escritura. No era fácil. En el México de mediados del siglo XX, se esperaba que las mujeres eligieran entre familia y carrera. Altaír se negó a elegir. Tendría ambas.

Se desempeñó en la docencia como maestra de educación primaria, de Español Superior, Literatura y de Teoría Literaria y Composición. Durante décadas formó a generaciones de estudiantes tamaulipecos, transmitiéndoles no solo conocimientos técnicos sino el amor por las letras, la importancia de la expresión escrita, el poder de las palabras.

Pero mientras enseñaba durante el día, escribía durante la noche. Poemas, cuentos, obras de teatro, crónicas. Altaír vivía entre dos mundos: el aula donde formaba a otros, y la página en blanco donde se formaba a sí misma.

1952: El debut poético

En 1952, a los 30 años, Altaír publicó su primer libro: "XXX Minutos, ensayo de poesía". Era un debut modesto en un pequeño sello editorial de Saltillo, pero marcó el inicio oficial de su carrera literaria. Su obra poética se caracterizaba por ser fina, dinámica y nostálgica. Había melancolía en sus versos, sí, pero también ofrecía visiones poéticas fuertes y completas con esperanza en el futuro.

No era poesía pesimista ni derrotista. Era la poesía de alguien que había vivido, que había conocido la pérdida y la belleza, y que elegía mirar hacia adelante sin negar el pasado. A lo largo de su vida, Altaír publicaría siete libros de poesía: "Acroama" (1961), "Fuensanta" (1966), "Homenaje a Saltillo 400" (1977), "Azares de amor y muerte" (1979), "Palabras sencillas: antología poética" (1980) y "La jaula de oro" (1986).

La narrativa: técnica clara, mundos misteriosos

Pero Altaír no se conformó con la poesía. En 1958 publicó "El perro acomplejado", su primera incursión en la narrativa. Y descubrió que tenía otro talento: contar historias.

Su narrativa se caracterizaba por una técnica clara y directa, sin rodeos ni divagaciones. Altaír no perdía tiempo en florituras innecesarias. Iba directo al punto. Pero esa claridad técnica no significaba simplicidad temática. En sus relatos, algunos autobiográficos, predominaban aspectos misteriosos y fantasiosos, así como un tono psicológico profundo.

Era una combinación fascinante: una escritura cristalina que exploraba los rincones oscuros de la psique humana, los misterios de la vida cotidiana, lo fantástico que se esconde bajo la superficie de lo ordinario. Publicó múltiples libros de cuentos a lo largo de su carrera: "El cementerio de las palabras" (1980), "Ochenta ventanas para asomarse al mundo" (1983), "Crónicas y cuentos" (1985), "Buenos días, Victoria" (1987), "Estrategia" (1989), "Variaciones para un tema de rosa" (1993), "Los signos secretos" (1997), "Antología de cuentos" (2001), y "Las Ventanas de Altair" (2012).

En 1990 publicó su única novela, "Ménage à trois", una narración cargada de humor, fino eroticismo y costumbrismo. Era atrevida para la época y el contexto provincial de Tamaulipas. Altaír exploraba la sexualidad, las relaciones complejas, el deseo, sin moralismos ni pudores. Lo hacía con inteligencia y buen gusto, pero sin evadir los temas que incomodaban a la sociedad conservadora que la rodeaba.

El teatro: donde las mujeres eran protagonistas

Pero fue en el teatro donde Altaír alcanzó sus mayores reconocimientos y donde su visión feminista se hizo más evidente. En 1958, escribió "Canasta", una obra que recibió el premio del INBA ese mismo año. Aunque no se presentó en escena hasta 1976, la obra era brillante en su concepto.

"Canasta" mostraba a un grupo de mujeres felices, inmersas en su juego de cartas, mientras sus familias sufrían su ausencia y una tragedia se desarrollaba fuera de escena. Era una crítica sutil pero devastadora: las mujeres encontraban felicidad en su propio espacio, lejos de las demandas familiares, mientras el mundo "importante" —el mundo de los hombres, el mundo de la familia tradicional— se desmoronaba sin ellas.

En 1960, "Otoño muere en primavera" recibió el premio "El Nacional". Escenificada en 1985, era una pieza costumbrista protagonizada por mujeres presas de un ambiente monótono y provinciano. De nuevo, Altaír ponía a las mujeres en el centro, exploraba su aburrimiento, su frustración, sus sueños reprimidos. No las juzgaba. Las entendía.

En 1987 estrenó "Los mutantes" (escrita en 1984) en el Festival Internacional de las Artes en Monterrey. Esta obra mostraba la degradación moral en la búsqueda de dinero y poder. Era más universal en su temática, pero mantenía la crítica social aguda que caracterizaba su trabajo.

Y en "Yerbabuena" relató hechos reales ocurridos en la comunidad tamaulipeca homónima, eventos surgidos de un conflicto político-religioso. Altaír no solo escribía ficción: también documentaba la historia de su estado, preservando en forma dramática los eventos que habían marcado a su comunidad.

Entre sus otras obras teatrales destacan "La telaraña" (1959), "Buenas noches, soledad" (1972, puesta en escena en 1986), y una adaptación de "El principito" de Saint-Exupéry (1975). Publicó dos recopilaciones de sus obras: "Yerbabuena y otras piezas" (1983) y "Los mutantes y otras piezas" (1985).

La cronista de Ciudad Victoria

Además de su trabajo literario creativo, Altaír fue columnista del periódico "El Diario de Ciudad Victoria". En su columna "Ventana Dominical" escribía crónicas sobre la vida cotidiana de la ciudad, sobre sus personajes, sus costumbres, sus transformaciones.

No era periodismo de investigación ni reportaje duro. Era algo más sutil: la captura de la esencia de una ciudad y su gente a través de la observación aguda y la escritura elegante. Algunas de estas crónicas fueron recopiladas en "Buenos días, Victoria" (1987), un libro que funciona como archivo literario de una época en Ciudad Victoria.

Altaír era testigo y cronista de su tiempo. Veía a Tamaulipas, a México, transformarse a su alrededor, y dejaba testimonio escrito de esos cambios. Sus crónicas permiten hoy imaginar cómo era la vida en una ciudad del noreste mexicano durante la segunda mitad del siglo XX.

El ensayo: explorando a López Velarde

En 1980, Altaír publicó "El péndulo: el mundo interior de Ramón López Velarde a través de su poesía y otros ensayos". Era su incursión en el ensayo literario, un análisis del gran poeta mexicano Ramón López Velarde, también del noreste de México, también obsesionado con la provincia, con la religión, con el erotismo reprimido.

Altaír entendía a López Velarde porque compartían territorio espiritual: ambos eran provincianos que amaban y se frustraban con la provincia, ambos exploraban la tensión entre tradición y modernidad, entre religiosidad y deseo. Su ensayo era tanto análisis literario como autoexploración disfrazada.

El reconocimiento: una vida distinguida

A lo largo de su vida, Altaír recibió múltiples reconocimientos. El premio INBA por "Canasta" en 1958. El premio "El Nacional" por "Otoño muere en primavera" en 1960. El 31 de marzo de 2008, a los 85 años, recibió la Medalla al Mérito "Luis García de Arellano" que otorga anualmente el Congreso del Estado de Tamaulipas a los tamaulipecos distinguidos.

Fue incluida en múltiples antologías y compendios: "Poética Tamaulipeca" (1983-1984), "Compendio Bibliográfico de Biografías de Mujeres Destacadas de Nuevo León" (1990), "American Dictionary of Mexican Literature" (1991), "Monterrey Alforja de Poetas" (1992), "Antología de Poesía Neolonesa" (1996), "Cuentistas Tamaulipecos" (2001).

En todas estas publicaciones, como señalan las fuentes, se destina "un espacio importante para ponderar la capacidad creativa de la maestra María Altaír Tejeda Treviño y su deseo de expresar a través del arte, esa experiencia de gran significación cuyo rasgo distintivo es el sentimiento de ese extraordinario ser humano que llevó dentro".


17 de septiembre de 2015: el final de una era

Altaír Tejeda de Tamez falleció en Ciudad Victoria, Tamaulipas, el 17 de septiembre de 2015, a los 92 años de edad. Murió en la misma ciudad donde nació, cerrando un círculo perfecto. Había vivido casi un siglo completo, había visto a México transformarse de país posrevolucionario a nación moderna, había sido testigo de cambios sociales enormes, especialmente en el papel de las mujeres.

Y durante todo ese tiempo, había escrito. Poesía, narrativa, teatro, crónica, ensayo. En 16 libros, una novela, un ensayo y 7 guiones teatrales, Altaír dejó un testimonio de su tiempo, de su lugar, de su visión del mundo.


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