#BIOGRAFIAS Presenta: La Pensadora que Desafió al Mal, Hannah Arendt


 

El 14 de octubre de 1906 nació en Hannover, Alemania, una niña que cambiaría para siempre nuestra comprensión del poder, la libertad y la maldad humana. Johanna Arendt —conocida como Hannah— llegó al mundo en una familia judía secular, progresista y profundamente intelectual. Su padre, Paul Arendt, era ingeniero pero también un apasionado de los clásicos griegos y latinos; su madre, Martha Cohn, había estudiado música en París y era una ferviente socialdemócrata.

La infancia de Hannah estuvo marcada por la pérdida temprana. Cuando tenía apenas siete años, su padre murió de sífilis tras un largo deterioro que incluyó su internamiento en un hospital psiquiátrico. Esta ausencia dejó una huella profunda en la pequeña Hannah, quien creció sintiendo a menudo el abandono, especialmente cuando su madre, sumida en el luto, realizaba largos viajes dejándola con sus abuelos en Königsberg (actual Kaliningrado, Rusia).

Sin embargo, Martha Cohn también le enseñó algo fundamental: la dignidad y la resistencia. Le instruyó para que se levantara y saliera del aula si escuchaba comentarios antisemitas, y que lo reportara en casa. Esta lección temprana sobre la importancia de enfrentar la injusticia moldearía profundamente el carácter de Hannah.

La joven Arendt demostró desde temprano una inteligencia extraordinaria y un espíritu rebelde. A los 14 años ya había devorado la Crítica de la razón pura de Kant y las obras de Kierkegaard. Pero su inconformismo también le trajo problemas: fue expulsada del instituto por indisciplina a los 17 años. Lejos de rendirse, se marchó sola a Berlín, donde estudió por cuenta propia teología cristiana y se preparó para el examen de acceso a la universidad, que aprobó brillantemente.

La Filosofía como Necesidad Vital

En 1924, con 18 años, comenzó sus estudios universitarios en Marburgo. Allí se cruzó con dos figuras que marcarían su vida de formas radicalmente diferentes: Martin Heidegger y Karl Jaspers. Con Heidegger, entonces un profesor de 35 años casado y padre de familia, inició una relación amorosa intensa pero secreta que duraría hasta 1926. La relación, clandestina y asimétrica en términos de poder, tuvo que mantenerse oculta para proteger la reputación de Heidegger. Hannah, agotada por el secretismo y la situación insostenible, decidió cambiar de universidad.

Se trasladó a Friburgo para estudiar con Edmund Husserl y finalmente a Heidelberg, donde encontró en Karl Jaspers no solo un mentor sino un amigo para toda la vida. Con Jaspers completó su tesis doctoral en 1928: El concepto del amor en San Agustín.

Ya en este trabajo temprano aparece una idea que se convertiría en central en su pensamiento: la importancia del nacimiento, de la natalidad, como el evento que permite al ser humano hacer nuevos comienzos. Era una respuesta directa a Heidegger, quien había centrado su filosofía en el "ser-para-la-muerte".

En 1929 se casó con Günther Stern (que más tarde adoptaría el apellido Anders), otro filósofo con quien se mudó primero a Frankfurt y luego a Berlín. Allí comenzó su trabajo como periodista y se sumergió en el estudio de Rahel Varnhagen, una intelectual judía del Romanticismo alemán. Este proyecto biográfico le permitió explorar las tensiones entre la asimilación judía y el antisemitismo creciente en la sociedad europea.

El Colapso del Mundo: 1933

El año 1933 lo cambió todo. El 27 de febrero, el Reichstag ardió en llamas, un incendio provocado que los nazis aprovecharon para suspender derechos fundamentales y establecer su dictadura. "Lo que ocurrió después fue monstruoso. Fue un trauma inmediato para mí y a partir de ese momento me sentí responsable", recordaría Hannah décadas después.

A diferencia de muchos intelectuales alemanes —incluso judíos— que intentaron acomodarse al nuevo régimen o subestimaron su peligro, Hannah Arendt comprendió de inmediato la naturaleza del mal que se avecinaba. Lo que más le repugnó fue la Gleichschaltung, la "coordinación" o adaptación voluntaria de tantos intelectuales al nazismo. No podía perdonar a aquellos académicos que, sin que nadie los obligara, se apresuraron a alabar a los nuevos dueños del poder.

Especialmente dolorosa fue la traición de Heidegger, quien en 1933 se unió al Partido Nazi y pronunció un discurso como rector de la Universidad de Friburgo haciendo una loa de los valores del nacionalsocialismo. Dos años después, Heidegger —quien en 1932 le había asegurado en una carta que los rumores sobre su antisemitismo eran calumnias— prohibió la entrada a la biblioteca universitaria a su propio maestro, Edmund Husserl, por ser judío. Para Hannah, estas no eran decisiones forzadas por las circunstancias, sino elecciones personales por las que cada individuo debía rendir cuentas.

Hannah comenzó a trabajar ayudando a refugiados judíos, convirtiendo su casa en un punto de tránsito. Por recomendación del líder sionista Kurt Blumenfeld, realizó investigaciones sobre la persecución de los judíos. En julio de 1933 fue detenida por la Gestapo. Durante una semana estuvo encarcelada, pero logró escapar gracias a un oficial de las SS que, paradójicamente, simpatizó con ella durante los interrogatorios. Inmediatamente después huyó de Alemania, cruzando la frontera hacia Checoslovaquia de forma clandestina, y finalmente llegó a París pasando por Génova y Ginebra.

El Exilio Parisino: Construyendo una Nueva Vida

En París, la vida de Hannah dio un giro significativo en múltiples sentidos. Sin papeles oficiales, trabajó para organizaciones sionistas ayudando a jóvenes judíos a huir hacia Palestina. Continuó su trabajo intelectual, dando conferencias sobre antisemitismo en círculos de intelectuales exiliados y en la Escuela Superior Libre Alemana de París, fundada por refugiados en 1935.

Su matrimonio con Günther Anders, que ya mostraba fisuras en Berlín, terminó por romperse completamente. Ambos tenían intereses diferentes y frecuentaban círculos distintos: él estaba más vinculado al ambiente comunista y era amigo de Bertolt Brecht; ella se acercaba cada vez más al sionismo y a las personalidades judías exiliadas. Se divorciaron en 1937, el mismo año en que el régimen nazi le retiró formalmente la nacionalidad alemana, convirtiéndola en apátrida.

Ese año también conoció a Heinrich Blücher, un excomunista alemán que se había opuesto tempranamente a Stalin. Ambos pertenecían al mismo círculo de refugiados alemanes que incluía a figuras como Walter Benjamin, el abogado Erich Cohn-Bendit y el psicólogo Fritz Fränkel. Con Benjamin desarrolló una profunda amistad. Años después de su trágica muerte en 1940, mientras huía de los nazis, Hannah lucharía incansablemente por publicar sus obras.

En enero de 1940, Hannah se casó con Heinrich Blücher. Sería su compañero hasta su muerte en 1970. Pero apenas meses después de la boda, la situación en Francia se volvió insostenible. Con la invasión alemana, las autoridades francesas comenzaron a deportar a extranjeros de origen alemán. Hannah, junto con miles de mujeres, fue detenida y trasladada al campo de internamiento de Gurs, en el sur de Francia.

La Huida hacia la Libertad

Los campos de internamiento franceses no eran campos de exterminio nazis, pero las condiciones eran terribles. Hannah pasó cinco semanas en Gurs hasta que, aprovechando el caos generado por la toma de París por la Wehrmacht y el avance alemán hacia el sur, logró escapar junto con otros prisioneros cuando la vigilancia francesa se relajó temporalmente.

Hannah y Heinrich pasaron los meses siguientes en Montauban, viviendo en la clandestinidad. Finalmente, gracias a la red clandestina creada por el periodista estadounidense Varian Fry en Marsella —que salvó a cientos de artistas, escritores y pensadores judíos—, consiguieron pasaportes para Lisboa. En mayo de 1941, Hannah, su marido y su madre (a quien había logrado rescatar de Königsberg en 1939) llegaron a Nueva York vía Lisboa.

"Estamos a salvo", telegrafió Hannah a su exmarido Günther Anders, que ya vivía en Nueva York. Pero la palabra "salvo" era relativa. La familia vivió inicialmente en un pequeño hotel, sobreviviendo con una minúscula beca de una organización de refugiados sionista. Hannah, que apenas hablaba inglés, se propuso dominarlo rápidamente.

América: Renacimiento Intelectual

En octubre de 1941, Hannah comenzó a trabajar como redactora en la revista judeo-alemana Aufbau en Nueva York. Durante los siguientes años escribió regularmente una columna llamada "Esto se refiere a ti" (This Means You), donde desarrolló sus ideas sobre la identidad judía, el sionismo y la necesidad de crear un ejército judío que luchara junto a los aliados contra el nazismo.

Sus posiciones eran controvertidas. Aunque se definía como sionista, criticaba cada vez más la ideología sionista cuando esta se volvía dogmática o nacionalista. Para Hannah, la libertad y la justicia eran los principios básicos de la política, incompatibles con cualquier idea de "pueblo elegido". En 1943 publicó el ensayo "Nosotros los refugiados" (We Refugees), donde analizaba la desastrosa situación de refugiados y apátridas, personas sin derechos que se habían vuelto "ilegales" por las circunstancias históricas.

Entre 1944 y 1946 fue directora de investigación de la Conference on Jewish Relations, y después trabajó como editora en la editorial judía Schocken hasta 1949. De 1949 a 1952 dirigió la Jewish Cultural Reconstruction Corporation, organización dedicada a rescatar y preservar la cultura judía europea. Durante todos estos años, Hannah fue prácticamente el único sostén económico de la familia, hasta que Heinrich consiguió un puesto como profesor de filosofía en 1951.

El Regreso a Alemania: Enfrentar el Pasado

El 26 de julio de 1948 murió su madre durante un viaje a Inglaterra. Fue una pérdida profunda para Hannah, quien siempre había mantenido una relación compleja con Martha Cohn. Al año siguiente, por encargo de organizaciones judías, Hannah viajó por primera vez desde 1933 a la República Federal Alemana. El reencuentro con su tierra natal fue agridulce.

En su ensayo "Visita en Alemania. Las consecuencias del régimen nazi" (1950), Hannah describió con crudeza lo que encontró: un país físicamente destruido pero moralmente aún más devastado. Lo que más le perturbó fue la "curiosa indiferencia" de la población alemana. 

 
Durante este viaje se reencontró con Karl Jaspers y, de forma más incómoda, con Martin Heidegger. La relación con Heidegger se reanudaría de forma ambivalente. Aunque Hannah admiraba su genio filosófico, nunca pudo perdonar completamente sus decisiones políticas. En una carta a Jaspers de 1961 escribió con dolor: "Sé que él no puede soportar que mi nombre aparezca en público, que escriba libros... Durante mucho tiempo le he estafado, por así decir, con respecto a mi vida; siempre he actuado como si todo esto no existiese y como si yo no supiese contar hasta tres".

A partir de 1950, Hannah viajó todos los años a Europa durante varios meses, visitando amigos, asistiendo a conferencias y, sobre todo, reuniéndose con Karl y Gertrud Jaspers, cuya amistad fue una constante vital hasta la muerte de Jaspers en 1969.

Los Orígenes del Totalitarismo: Comprender lo Incomprensible

En 1951 apareció la obra que cimentaría la reputación de Hannah Arendt como una de las pensadoras políticas más importantes del siglo XX: Los orígenes del totalitarismo. El libro, de casi mil páginas, fue el resultado de años de investigación comenzada inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y ampliada entre 1948 y 1949 para incluir el estalinismo junto al nazismo.

La obra está dividida en tres partes: Antisemitismo, Imperialismo y Totalitarismo. Para las dos primeras secciones, Hannah pudo basarse en material histórico y literario existente. Para la tercera parte —el corazón del libro— tuvo que trabajar documentación de base por su cuenta, pues estaba analizando un fenómeno radicalmente nuevo en la historia humana.

La tesis central de Hannah era revolucionaria y controversial: el totalitarismo no es simplemente una forma extrema de dictadura o tiranía, sino algo completamente nuevo, una forma de dominación que busca controlar la totalidad de la vida humana, no solo el ámbito político. Los campos de concentración y exterminio no fueron accidentes o excesos, sino la esencia misma del sistema totalitario, laboratorios donde se demostraba que los seres humanos podían ser completamente dominados, su identidad aniquilada, su espontaneidad destruida.

Hannah argumentaba que solo dos regímenes habían logrado esta "dominación total": el nacionalsocialismo de Hitler y el estalinismo (que ella distinguía cuidadosamente del comunismo en general). Otros regímenes autoritarios —el fascismo italiano, el franquismo, incluso la Alemania Oriental de posguerra— eran dictaduras, pero no totalitarios en este sentido técnico.

¿Cómo fue posible el totalitarismo? Hannah identificó varios factores convergentes: la sociedad de masas moderna, donde individuos atomizados y aislados carecen de vínculos sociales significativos; la caída de los estados-nación tradicionales debido al imperialismo; el uso de ideologías (como el racismo o ciertas interpretaciones del marxismo) como "leyes de la naturaleza o la historia" que justifican la eliminación de grupos enteros de personas; y, fundamentalmente, el terror sistemático como forma de gobierno.

El libro fue aclamado y criticado por igual. Algunos cuestionaron su equiparación de nazismo y estalinismo. Otros consideraron que subestimaba el papel de factores económicos. Pero nadie podía negar que había abierto una nueva forma de pensar sobre los fenómenos políticos del siglo XX. Como escribió Jaspers en el prólogo a la edición alemana de 1955, era "historiografía de gran estilo" que combinaba investigación histórica, análisis sociológico y pensamiento filosófico profundo.

La Vida Activa: Pensar la Condición Humana

En 1951, Hannah obtuvo la ciudadanía estadounidense. Para alguien que había sufrido durante años como apátrida, esto significaba "el derecho a tener derechos". En 1953 consiguió su primera cátedra temporal en el Brooklyn College de Nueva York. Su carrera académica iba en ascenso, pero Hannah siempre mantuvo una relación ambivalente con el mundo universitario, rechazando repetidamente nombramientos con permanencia.

En 1958 publicó La condición humana (que ella misma tradujo al alemán como Vita activa), un libro que exploraba las actividades fundamentales de la vida humana. Hannah distinguía tres formas de vida activa: el trabajo o labor (que sirve para la mera subsistencia biológica), la fabricación (que crea el mundo artificial de objetos duraderos) y la acción (que ocurre entre seres humanos y crea la historia).

Para Hannah, la acción política —el hablar y actuar entre iguales en un espacio público— era la actividad más plenamente humana. Su modelo era la antigua polis griega, donde los ciudadanos (aunque excluyente en cuanto a género y clase) se reunían como iguales para deliberar sobre asuntos comunes. Lo que Hannah lamentaba en la modernidad era la pérdida de este espacio público genuino, reemplazado por la mera gestión burocrática y el conformismo de la sociedad de masas.

Un concepto central era la natalidad cada nacimiento representa la posibilidad de un nuevo comienzo, de que algo genuinamente nuevo entre al mundo. Esta capacidad de iniciar algo nuevo, de no estar completamente determinado por el pasado, era para Hannah la esencia de la libertad humana. En 1959, Hannah se convirtió en la primera mujer en dar clases en Princeton, un hito significativo en una época en que las académicas enfrentaban enormes barreras. De 1963 a 1967 fue catedrática en la Universidad de Chicago, y de 1967 hasta su muerte enseñó en la Graduate Faculty de la New School for Social Research en Nueva York.

Jerusalén, 1961: La Banalidad del Mal

El 11 de abril de 1961, comenzó en Jerusalén uno de los juicios más esperados y mediatizados de la historia: el proceso contra Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y uno de los principales arquitectos del Holocausto. Eichmann había sido secuestrado por el Mossad israelí en Argentina el año anterior, donde vivía bajo la identidad falsa de Ricardo Klement. Cuando sus captores lo confrontaron, él mismo confirmó: "Ich bin Adolf Eichmann" (Yo soy Adolf Eichmann).

Hannah Arendt viajó a Jerusalén como reportera para The New Yorker. Como le escribió a Karl Jaspers: "Nunca me habría perdonado no haber ido". En Beit Ha'am, un teatro convertido en tribunal, observó durante semanas cómo el hombre delgado, con gafas y traje, sentado en una jaula de cristal, respondía a las acusaciones de crímenes contra la humanidad.

Lo que Hannah vio la perturbó profundamente, pero no de la manera esperada. No encontró a un demonio sádico ni a un monstruo de maldad extraordinaria. En cambio, vio a un burócrata mediocre, a alguien horrible y terroríficamente normal. Eichmann se defendía diciendo que su cometido era solo de técnico de transportes. No se consideraba responsable de las muertes; él simplemente seguía órdenes, organizaba trenes, cumplía regulaciones.

De esta observación surgió el concepto que sacudiría al mundo intelectual: la banalidad del mal. Hannah argumentaba que los grandes males pueden ser cometidos no solo por monstruos o sádicos, sino por personas ordinarias que simplemente no piensan, que funcionan como engranajes en una maquinaria burocrática sin reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. El mal radical, escribió, podía surgir de la irreflexividad (thoughtlessness), de la incapacidad o negativa a juzgar críticamente las órdenes que uno ejecuta.

Muchos la acusaron de trivializar el Holocausto al llamar banal a uno de sus principales perpetradores. Otros rechazaron su retrato de Eichmann como un burócrata ordinario; investigaciones posteriores revelarían que Eichmann era mucho más ideológicamente antisemita de lo que Hannah había percibido. (Sus memorias, no disponibles cuando ella escribió el libro, muestran un antisemitismo virulento y sustantivo.)

Pero la mayor controversia surgió de un pasaje relativamente breve sobre el papel de los Consejos Judíos (*Judenräte*) durante el Holocausto. Hannah señaló, con brutal honestidad, que los nazis habían exigido y obtenido cooperación de líderes judíos en la organización de deportaciones. 

Revoluciones y Repúblicas: Pensar el Poder y la Violencia

En 1963, el mismo año que publicó *Eichmann en Jerusalén*, Hannah publicó *Sobre la revolución* (*On Revolution*), donde comparaba la Revolución Americana con la Francesa. Argumentaba que la Revolución Americana había tenido más éxito porque se centró en crear un nuevo orden político de libertad, mientras que la Revolución Francesa se había obsesionado con resolver la "cuestión social" de la pobreza, lo que finalmente condujo al Terror de Robespierre.

Para Hannah, la creación de espacios de libertad política —donde los ciudadanos pudieran participar directamente en los asuntos públicos— era más importante que la redistribución económica. Esta posición le ganó críticas de la izquierda, que la acusaba de subestimar la importancia de la justicia social. Pero Hannah insistía en que sin libertad política, sin espacios donde los ciudadanos puedan hablar y actuar como iguales, no puede haber verdadera justicia.

En *Sobre la violencia* (1970), publicada en respuesta a los movimientos estudiantiles de 1968, Hannah hizo una distinción crucial entre "poder" y "violencia". El poder, argumentaba, surge cuando las personas actúan juntas; es la capacidad de la acción concertada. La violencia, por otro lado, es instrumental, depende de implementos (armas) y es muda. El poder no necesita justificación sino solo legitimidad; la violencia puede ser justificable pero nunca será legítima.

Hannah simpatizaba con muchas de las preocupaciones del movimiento estudiantil —especialmente su oposición a la Guerra de Vietnam y su deseo de participación política directa— pero criticaba duramente su recurso a la violencia y su retórica revolucionaria vacía. Para ella, la violencia podía destruir el poder pero nunca podía crearlo.

Los Últimos Años: La Vida del Espíritu

A lo largo de los años 60 y principios de los 70, Hannah recibió numerosos premios y reconocimientos. En 1959 obtuvo el Premio Lessing en Hamburgo; en 1967, el Premio Sigmund Freud de la Academia Alemana para Lengua y Escritura; en 1969, la medalla Emerson-Thoreau de la American Academy; y en 1975, poco antes de su muerte, el prestigioso Premio Sonning en Dinamarca.

Pero los premios nunca fueron lo más importante para ella. Hannah seguía escribiendo, pensando, debatiendo. Mantuvo correspondencias extensas con amigos como Mary McCarthy, Karl Jaspers (hasta su muerte en 1969), el novelista Uwe Johnson y el filósofo Hans Jonas. En estas cartas, Hannah expresaba opiniones más crudas y personales que en sus obras públicas, criticando duramente a figuras contemporáneas y reflexionando sobre su propia vida y trabajo.

En los últimos años de su vida, Hannah trabajó en lo que sería su última gran obra: *La vida del espíritu* (*The Life of the Mind*). Basándose en sus conferencias, planeaba un tratado en tres volúmenes sobre las actividades mentales fundamentales: Pensar, Querer y Juzgar. Esta obra complementaría *La condición humana*, que había tratado sobre la vida activa; ahora exploraría la vida contemplativa.

En *El pensar*, Hannah retomaba la pregunta que había surgido del juicio a Eichmann: ¿Puede la capacidad de pensar —la costumbre de examinar críticamente lo que uno hace y dice— protegernos de hacer el mal? Su respuesta era cautelosa pero esperanzadora: el pensamiento por sí mismo no garantiza la bondad, pero la ausencia de pensamiento, la "irreflexividad", crea condiciones propicias para el mal.

El 31 de octubre de 1970, Heinrich Blücher murió repentinamente. Para Hannah, que había compartido con él treinta años de matrimonio intelectualmente vibrante, fue una pérdida devastadora. Pero continuó trabajando.

Un Final Abrupto

En 1974, Hannah sufrió un primer infarto que la obligó a reducir drásticamente sus actividades. Pero se resistía a dejar de trabajar. Siguió enseñando, siguió escribiendo. El 4 de diciembre de 1975, mientras conversaba con amigos en su apartamento de Nueva York, sufrió un segundo ataque al corazón. Murió casi instantáneamente, con 69 años.

En su escritorio quedó la máquina de escribir con una hoja en blanco y el título "El juzgar" (*Judging*), la tercera parte de *La vida del espíritu* que nunca pudo completar. Su amiga Mary McCarthy y el politólogo Ronald Beiner recopilaron sus notas de clase sobre Kant para reconstruir lo que habría sido esta sección final, publicada póstumamente.

Hannah Arendt fue enterrada en el Bard College en Nueva York, donde Heinrich había enseñado durante muchos años. En las oraciones fúnebres, su viejo amigo Hans Jonas habló de una mujer que había vivido pensando sin concesiones, enfrentando verdades incómodas, negándose al consuelo de las ideologías simplistas.

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