(#BIOGRAFIAS Presenta) La loba que desafió a su tiempo, Alfonsina Storni
Por Jane Goodware
Imagina por un momento el Buenos Aires de principios del siglo XX. Las calles empedradas, los tranvías tirados por caballos, los conventillos repletos de inmigrantes, y en medio de todo eso, una mujer joven camina sola con una maleta en la mano y un bebé en su vientre. No tiene marido, no tiene dinero, solo tiene unos libros de Rubén Darío y un cuaderno lleno de versos. Esa mujer era Alfonsina Storni, y esta es su historia.
Los primeros pasos: entre dos mundos
Alfonsina Storni Martignoni nació el 29 de mayo de 1892 en Sala Capriasca, un pequeño pueblo suizo cerca de Lugano. Pero espera, ¿por qué una poeta argentina tan emblemática nació en Suiza? Aquí comienza la primera peculiaridad de su vida: sus padres, Alfonso Storni y Paulina Martignoni, eran dueños de una cervecería en San Juan, Argentina, pero habían regresado temporalmente a su tierra natal en 1891, quizás buscando un respiro de los problemas que los aquejaban.
Y vaya que tenían problemas. Alfonso era un hombre descrito como "melancólico y raro", dado a la bebida y a desaparecer por días enteros. Alfonsina misma lo recordaría años después en versos desgarradores: "Que por días enteros, vagabundo y huraño / no volvía a la casa, y como un ermitaño / se alimentaba de aves, dormía sobre el suelo". No era exactamente la figura paterna ideal, ¿verdad?
La Argentina de la inmigración masiva
Para entender mejor la historia de Alfonsina, necesitamos hacer una pausa y mirar el contexto. Entre 1880 y 1940, Argentina recibió casi cinco millones de inmigrantes, la mayoría italianos y españoles. En Buenos Aires, más del 36% de la población era extranjera. Imagínate esa mezcla: idiomas que colisionaban en las calles, comidas de todas partes del mundo, ideas socialistas y anarquistas que llegaban en los barcos junto con las personas. Era un crisol cultural sin precedentes.
La familia Storni regresó a San Juan en 1896, cuando Alfonsina tenía apenas cuatro años. De esa época, ella recordaba: "Estoy en San Juan, tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causo en el transeúnte". Ya desde pequeña, Alfonsina era consciente de sí misma, de cómo la veían los demás, y tenía una imaginación desbordante que la llevaba a inventar historias y mentiras tan elaboradas que su madre tenía dificultades para enseñarle a decir la verdad.
Rosario: la infancia que nadie querría
En 1901, la familia se trasladó a Rosario por razones que nunca quedaron del todo claras. Lo que sí sabemos es que instalaron el "Café Suizo" cerca de la estación de trenes, un negocio que fracasó estrepitosamente, probablemente debido al alcoholismo de Alfonso. ¿Te imaginas poner un bar bajo el mando de un alcohólico? Exacto, no era la mejor idea.
Aquí la historia se vuelve dura, y quiero que prestes atención porque esto marca profundamente quién fue Alfonsina. A los diez años, dejó de ir a la escuela y comenzó a trabajar lavando platos y atendiendo mesas en el café familiar. Su madre, Paulina, tuvo que hacerse cargo de todo: abrir una escuela domiciliaria que apenas les daba para comer, mientras las mujeres de la familia cosían hasta la madrugada para sobrevivir.
¿Y Alfonsina? Bueno, a los doce años escribió su primer poema. Era de noche, sus familiares estaban ausentes, y escribió sobre cementerios y su propia muerte. Lo dejó bajo la lámpara para que su madre lo leyera antes de acostarse. El resultado fue, en sus propias palabras, "esencialmente doloroso": al día siguiente recibió una paliza de su madre intentando enseñarle que "la vida es dulce". Desde entonces, escondía sus poemas en los bolsillos de sus delantales, como migajas de pan que se iban muriendo.
El despertar de la rebeldía
El trabajo doméstico no le rendía económicamente y la tenía encerrada, así que Alfonsina buscó trabajo independiente: primero en una fábrica de gorras, luego repartiendo volantes en celebraciones del Día de los Trabajadores. Pero su verdadera oportunidad llegó en 1907, cuando una compañía teatral arribó a Rosario durante Semana Santa.
Y aquí viene otra de esas decisiones que te muestran el carácter de Alfonsina: a los trece años (sí, trece), se unió a una compañía de teatro ambulante dirigida por Manuel Cordero, recorriendo provincias como Santa Fe, Córdoba, Mendoza y Tucumán. Interpretó obras de Henrik Ibsen, Benito Pérez Galdós y Florencio Sánchez. ¿Puedes imaginar a una niña de trece años, prácticamente sin educación formal, recitando a Ibsen en escenarios de pueblo?
Ella misma lo explicó así en una carta al filólogo español Julio Cejador: "A los trece años estaba en el teatro. Este salto brusco, hijo de una serie de casualidades, tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial, pues me puso en contacto con las mejores obras del teatro contemporáneo y clásico [...] Pero casi una niña y pareciendo ya una mujer, la vida se me hizo insoportable. Aquel ambiente me ahogaba. Torcí rumbos..."
La maestra rural: un intento de normalidad
En 1909, con diecisiete años, Alfonsina decidió estudiar para maestra rural en la Escuela Normal Mixta de Coronda. En el registro de inscripciones aparece: "Alfonsina Storni, 17 años, suiza". No tenía certificado de estudios primarios y no aprobó el examen de ingreso, pero la directora, la señorita Gervasoni, vio algo en ella: "Era necesario ser complacientes. La escuela acababa de fundarse y necesitaba alumnos. Por otra parte, habíamos descubierto en Alfonsina un afán de surgir, de sobresalir, de ser algo".
Durante su último año de estudios, algo pasó. Alfonsina comenzó a viajar los fines de semana sin que nadie supiera adónde iba. Algunos dicen que cantaba en un cabaret en Rosario para ganar dinero extra. Otros sugieren que visitaba a un amante, un político casado. Lo que sabemos con certeza es que en una celebración en San Lorenzo, alguien la reconoció como "la muchacha que cantaba en Rosario en un lugar de dudosa reputación". Las risas del público la humillaron tanto que escribió una nota de despedida y desapareció. La encontraron llorando en un barranco. Tenía dieciocho años.
Buenos Aires: la gran apuesta
En 1911, con diecinueve años y embarazada de un hombre que nunca identificaría públicamente, Alfonsina tomó la decisión más valiente (o más desesperada, o ambas) de su vida: se mudó sola a Buenos Aires. Como recordaba su hijo Alejandro años después: "En su maleta traía pobre y escasa ropa, unos libros de Darío y sus versos".
El 21 de abril de 1912 nació Alejandro en el Hospital Ramos Mejía. El padre era desconocido en los registros oficiales, aunque investigaciones recientes sugieren que pudo haber sido Carlos Tercero Arguimbau, un hombre casado con tres hijas. Alfonsina nunca lo confirmó públicamente.
La Buenos Aires de entonces: una ciudad de contrastes
Aquí tenemos que detenernos otra vez en el contexto, porque es fascinante. El Buenos Aires que recibió a Alfonsina era una ciudad que duplicaba su población cada veinticinco años. Era el "gran escenario latinoamericano de una cultura de mezcla", como lo llamó la crítica Beatriz Sarlo. Los edificios crecían hacia arriba con cúpulas y torres, había electricidad, tranvías, avenidas anchas. Pero también había conventillos hacinados, pobreza, y una enorme brecha entre las clases altas "patricias" y los recién llegados.
Y en medio de todo esto, estaba la cuestión de las mujeres. El Código Civil de 1871, escrito por Dalmacio Vélez Sarsfield, consideraba a la mujer como una "eterna menor de edad", sometida primero a la tutela del padre y luego del marido. Las mujeres no podían firmar contratos, abrir cuentas bancarias, ni siquiera trabajar sin permiso del hombre de la familia. ¿Te parece increíble? Pues así era.
Alfonsina trabajó de cajera en una farmacia, luego en la tienda "A la Ciudad de México". Colaboró en la revista Caras y Caretas por veinticinco pesos. Después consiguió empleo como "corresponsal psicológico" (básicamente, redactora publicitaria) en una empresa importadora de aceite. Era la única mujer entre cien postulantes, tuvo que insistir para que la dejaran hacer el examen, y cuando lo pasó, le pagaron la mitad de lo que le pagaban al empleado anterior: doscientos pesos en lugar de cuatrocientos. ¿Por qué? Por ser mujer.
La poeta emerge: "Dios nos libre de este libro"
En 1916, con veinticuatro años, Alfonsina publicó su primer libro: La inquietud del rosal. Con su característico sentido del humor irónico, ella misma lo anunciaba diciendo: "Dios nos libre de este libro". El volumen nunca lo pagó; lo imprimió un editor llamado Miguel Calvello a cambio de quinientos pesos que Alfonsina jamás pudo reunir.
El libro no tuvo una recepción unánime. La revista Nosotros le dedicó apenas media página: "libro de una poeta joven y que no ha logrado todavía la integridad de sus cualidades, pero que en el futuro ha de darnos más de una valiosa producción literaria". Cuando llevó cien ejemplares a Rosario, le comentó a su madre que había vendido muy pocos por ser considerada "una escritora inmoral".
¿Inmoral? ¿Por qué? Porque escribía poesía de amor siendo mujer y, encima, madre soltera. Uno de los poemas más controversiales era "La Loba":
Yo soy como la loba
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano
Yo tengo un hijo fruto del amor, amor sin ley,
Que yo no pude ser como las otras, casta de buey
Con el yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Este poema es una bomba. Alfonsina se declaraba abiertamente madre soltera ("amor sin ley"), se negaba a llevar el "yugo" de la sumisión femenina, y encima se burlaba de las otras mujeres, esas "ovejitas" del rebaño que competían entre sí por el "pastor". El poema termina con una invitación desafiante:
Yo soy como la loba. Ando sola y me río
Del rebaño. El sustento me lo gano y es mío
Donde quiera que sea, que yo tengo una mano
Que sabe trabajar y un cerebro que es sano.
La que pueda seguirme que se venga conmigo.
Pero yo estoy de pie, de frente al enemigo.
El círculo literario: una mujer en un mundo de hombres
A pesar de las críticas (o quizás gracias a ellas), el libro le abrió las puertas de los círculos literarios porteños. Por primera vez, una mujer era invitada a las tertulias de escritores. Alfonsina comenzó a frecuentar las reuniones en el restaurante Génova, donde se juntaba el grupo de la revista Nosotros. Conoció a José Ingenieros, quien se convertiría en su gran amigo y protector; a Amado Nervo, el poeta mexicano del modernismo; a Manuel Gálvez, Baldomero Fernández Moreno, y eventualmente, a Horacio Quiroga.
En 1918 publicó El dulce daño, y se le ofreció una comida homenaje en el mismo restaurante Génova. Los oradores fueron Roberto Giusti y José Ingenieros. Roberto Giusti leyó su poema "Nocturno" en traducción al italiano. Alfonsina estaba agotada por una crisis nerviosa que la había obligado a dejar temporalmente su trabajo en la escuela, pero aún así disfrutó del reconocimiento.
Ese mismo año, recibió una medalla como miembro del Comité Argentino Pro Hogar de los Huérfanos Belgas, junto a Alicia Moreau de Justo y Enrique del Valle Iberlucea. ¿Por qué? Por haber participado en actos de defensa de Bélgica durante la Primera Guerra Mundial.
Los años dorados: reconocimiento y militancia
Siguieron Irremediablemente (1919) y Languidez (1920). Con este último, Alfonsina ganó el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura. Para 1923, la revista Nosotros publicó una encuesta preguntando a la "nueva generación literaria": "¿Cuáles son los tres o cuatro poetas nuestros, mayores de treinta años, que usted respeta más?" Alfonsina tenía treinta y un años recién cumplidos. Muchas respuestas coincidieron en un nombre: Alfonsina Storni.
El feminismo de Alfonsina: más complejo de lo que parece
Aquí tenemos que hablar del feminismo de Alfonsina, porque es fascinante y contradictorio. Ella se declaraba feminista y socialista. En 1920 escribió: "En nombre del derecho de la modernidad, un pequeño grupo de mujeres pide la igualdad moral para ambos sexos". Colaboró con las primeras organizaciones feministas argentinas, como el Consejo de la Mujer y la Asociación de Universitarias Argentinas.
Pero su feminismo no era el de hoy. No pedía el derecho al aborto ni cuestionaba radicalmente la maternidad como institución. Más bien reclamaba educación, derechos civiles, igualdad laboral y moral entre hombres y mujeres. Y lo hacía con una pluma afilada.
Uno de sus poemas más famosos es "Tú me quieres blanca" (1918), que es prácticamente un grito feminista:
Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar,
Que sea azucena
Sobre todas, casta,
De perfume tenue,
Corola cerrada.
Y después exige reciprocidad del hombre que le pide pureza:
Huye hacia los bosques
Vete a la montaña
Límpiate la boca
Vive en las cabañas
Toca con las manos
La tierra mojada
[...]
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre
Preténdeme blanca
Es decir: primero purifícate tú, y después me pides pureza a mí. Esto en 1918 era revolucionario. Recuerda que las mujeres ni siquiera podían votar todavía (el voto femenino llegaría recién en 1951 con la "Ley Evita").
Sus crónicas periodísticas: el ojo crítico
Alfonsina también escribía crónicas periodísticas bajo el seudónimo "Tao Lao" en La Nación y en la revista Crítica. Una de sus más famosas es sobre las mujeres en el tranvía, donde describe con humor e ironía a las pasajeras según su lectura:
"Si una jovencita lectora lleva una revista policial, podemos afirmar que es obrera de fábrica o costurera; si apechuga con una revista ilustrada de carácter francamente popular, dactilógrafa o empleada de tienda; si la revista es de tipo intelectual, maestra o estudiante de enseñanza secundaria; si lleva desplegado negligentemente un diario, no lo dudéis… consumada feminista, espíritu al día; punible Eva".
La última, "la que lleva el diario", era ella misma. La feminista. La "punible Eva" que asustaba al establishment.
Horacio Quiroga: el gran amor (¿o no?)
No podemos hablar de Alfonsina sin hablar de Horacio Quiroga, el escritor uruguayo de los cuentos de la selva y las tragedias personales. Se conocieron probablemente en 1916 en las tertulias literarias, pero su relación romántica comenzó alrededor de 1922.
La anécdota más famosa la cuenta Norah Lange: en una reunión de escritores, jugaron a las prendas. El juego consistió en que Alfonsina y Horacio debían besar al mismo tiempo las caras opuestas de un reloj de cadena que Horacio sostenía. En el último momento, Horacio escamoteó el reloj, y todo terminó en un beso directo entre ambos. La madre de Norah, que estaba presente, no quedó muy contenta con el espectáculo.
Quiroga la mencionaba frecuentemente en sus cartas entre 1919 y 1922, siempre con respeto por su obra y tratándola como su igual. Compartían el amor por el cine y por Wagner. Viajaban juntos a Montevideo. Parecían entenderse.
Pero en 1925, cuando Quiroga decidió volver a su refugio en Misiones, le ofreció a Alfonsina irse con él. Ella dudó. Consultó con su amigo el pintor Benito Quinquela Martín (quien, según algunos, estaba secretamente enamorado de ella). Quinquela le dijo: "¿Con ese loco? ¡No!". Alfonsina se quedó en Buenos Aires.
Quiroga se fue solo y pronto encontró reemplazo: María Elena Bravo, una joven con quien se casó. Para Alfonsina, esto fue un golpe duro. Lo plasmó en el poema "Olvido":
El hombre que adorabas, de grises ojos crueles
En la tarde de otoño, fuma su cigarrillo
[...]
Las cinco. Tú caías a esta hora en su pecho,
y acaso te recuerda… Pero su blando lecho
ya tiene el hueco tibio de otro cuerpo rosado.
Años después, se permitió una pequeña venganza poética. En "Encuentro", describe un reencuentro casual con Quiroga en Florida, ya casado e infeliz:
Lo encontré en una esquina de la calle Florida,
Más pálido que nunca, distraído como antes;
Dos largos años hubo poseído mi vida…
Lo miré sin sorpresa, jugando con mis guantes.
Y una pregunta mía, estúpida, ligera,
De un reproche tranquilo llenó sus transparentes
Ojos, ya que le dije de liviana manera:
-¿Por qué tienes ahora amarillos los dientes?
Ahí está Alfonsina en todo su esplendor: capaz de amar profundamente, pero también de mirar con distancia irónica y hasta cruel.
Los años maduros: innovación y oscuridad
En 1925, Alfonsina publicó Ocre, un libro que marca un cambio decisivo en su poesía. Deja atrás el modernismo romántico y entra en territorio de vanguardia. Los poemas son más introspectivos, más oscuros, más experimentales. Desde 1923 era profesora de lectura y declamación en la Escuela Normal de Lenguas Vivas. También fue nombrada titular de cátedra en el Conservatorio de Música y Declamación, maestra en una escuela de Bolívar, y directora del Teatro Infantil Municipal.
En este período tuvo encuentros memorables. Gabriela Mistral la visitó en su casa de la calle Cuba y quedó impresionada: "Extraordinaria la cabeza, pero no por rasgos ingratos, sino por un cabello enteramente plateado, que hace el marco de un rostro de veinticinco años. Cabello más hermoso no he visto, es extraño como lo fuera la luz de la luna a mediodía". Alfonsina tenía el pelo blanco desde muy joven, un rasgo que la hacía inconfundible.
El fracaso teatral de 1927
El 20 de marzo de 1927 se estrenó su obra de teatro El amo del mundo en el Teatro Cervantes, con el presidente Alvear y su esposa Regina Pacini en la platea. Alfonsina tenía grandes expectativas. La obra trataba sobre las relaciones entre hombres y mujeres, tema central de su pensamiento.
Pero fue un desastre. La crítica la destrozó. A los tres días tuvieron que bajar la obra de cartel. El diario Crítica tituló: "Alfonsina Storni dará al teatro nacional obras interesantes cuando la escena le revele nuevos e importantes secretos". Alfonsina se sintió traicionada, culpó al director y a los actores, pero la verdad es que el texto tenía escaso sentido teatral. Los críticos señalaron que parecía "tres diálogos y un final", como una tertulia de conversadores.
Este fracaso la marcó profundamente. Era la primera vez que su talento era públicamente cuestionado de manera tan contundente.
Los viajes a Europa y el reconocimiento internacional
En 1928 y 1931, Alfonsina viajó a Europa. En España visitó el Lyceum Club y la Residencia de Señoritas que dirigía María de Maeztu, donde dio conferencias, entre ellas una titulada "Una mujer ultramoderna y su poesía", comentada por Eduardo Marquina y Enrique Díez-Canedo en el diario El Sol. Visitó Toledo, Ávila, El Escorial, Andalucía, París y su ciudad natal en Suiza.
De vuelta en Buenos Aires, participó de la Peña del Tortoni junto a Quinquela Martín, Juan de Dios Filiberto y Pascual de Rogatis. La peña se llamaba Signos y desde allí se hicieron las primeras emisiones de radio Stentor. Federico García Lorca, en su visita a Buenos Aires de 1934, no faltó ni una sola noche a estas reuniones. Alfonsina le dedicó el poema "Retrato de García Lorca", con versos proféticos sobre su muerte violenta que vendría dos años después en España.
En 1931, el intendente José Guerrico nombró a Alfonsina como jurado en un concurso municipal, la primera vez que ese honor recaía en una mujer. Ella lo celebró escribiendo: "La civilización borra cada vez más las diferencias de sexo, porque levanta a hombre y mujer a seres pensantes".
En 1934 publicó Mundo de siete pozos, dedicado a su hijo Alejandro. Gabriela Mistral, al leerlo, comentó: "Poetas como ella nacen cada cien años". Era el reconocimiento definitivo.
Los últimos años: la enfermedad y la sombra de la muerte
El 20 de mayo de 1935, Alfonsina fue operada de cáncer de mama en el sanatorio Arenales. Le extirparon un seno. La mastectomía le dejó cicatrices físicas y emocionales profundas. Siempre había sufrido de depresión, paranoia y ataques de nervios, pero ahora los síntomas se recrudecieron. Se volvió recluida, evitaba a sus amistades, no permitía que su hijo la besara, se lavaba las manos con alcohol antes de acercarse a él o de cocinar.
Para recuperarse, fue enviada a "Los Granados", una casa de la familia Botana en Don Torcuato. El lugar tenía un parque hermoso con pavos reales y una biblioteca completa, pero Alfonsina no podía disfrutar de nada. Se sentía vulnerable. Invitó a su amiga Fifí Kustow a quedarse con ella, pero cuando Fifí fue a visitarla, Alfonsina le mostró un revólver que tenía "para defenderse en caso de robo". Fifí se negó a quedarse.
Su carácter había cambiado completamente. Ya no visitaba a sus amigos, no aceptaba los tratamientos médicos, asistió a una sola sesión de rayos y no pudo soportarla.
Para colmo, se había hecho un estudio de quirología (lectura de manos) con un italiano llamado Eugenio Soriani, publicado en la revista El Hogar el 29 de mayo de 1935. El quirólogo le pronosticó debilitamiento de salud a los 44 y 55 años, pero le predijo una vida de más de 70 años. Esto la deprimió aún más cuando el cáncer regresó. El pronóstico era falso.
Los suicidios: Lugones y Quiroga
En 1936 se suicidó Leopoldo Lugones en un recreo del Tigre. Al año siguiente, en 1937, Horacio Quiroga se quitó la vida bebiendo cianuro en un hospital de Buenos Aires al descubrir que tenía cáncer de próstata. Alfonsina le dedicó un poema desgarrador, "A Horacio Quiroga", que presagiaba su propio final:
Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
y así como en tus cuentos, no está mal;
un rayo a tiempo y se acabó la feria...
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías...
Allá dirán.
Pocos meses después, se suicidó también Eglé, la hija de Quiroga, con solo veintiséis años. Alfonsina empezó a ir al Tigre todos los domingos. Estaba rodeada de muerte.
1938: el año final
En enero de 1938, Alfonsina viajó a Colonia, Uruguay, a la casa de su amiga Fifí. El 26 de ese mes recibió una invitación del Ministerio de Instrucción Pública Uruguayo para participar en un homenaje sin precedentes: reunir a las tres grandes poetisas americanas del momento: Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral y ella.
La invitación llegó un día antes del evento. Alfonsina viajó en auto con su hijo y durante el trayecto escribió su conferencia sobre una valija apoyada en sus rodillas. Le puso un título divertido: "Entre un par de maletas a medio abrir y las manecillas del reloj".
El evento fue un éxito. El público la aplaudía interrumpiendo su charla. Entre los presentes estaba la joven poeta Idea Vilariño, que años después se convertiría en una de las grandes voces de Uruguay.
En el viaje de regreso, Alfonsina le comentó a su hijo sus temores por su salud. Le dijo a su amiga Fifí: "Si alguna vez supiera que tengo una enfermedad incurable, me mataría. Alejandro puede defenderse y mi madre no necesita de mí".
En marzo apareció Mascarilla y trébol, su último libro, escrito en Bariloche. Lo había finalizado en diciembre de 1937 y se lo dio a su amigo Roberto Giusti. Este lo leyó y observó "una manera particular de plantearse las asociaciones poéticas" que le recordó a Góngora. Le llamó especialmente la atención "la insistencia en el paisaje, sobre todo en el río". En un reportaje de 1938 admitió que el libro le pareció "carecer de alma".
Octubre: los últimos días
El 16 de octubre, Alfonsina se encontró en el Tigre con la poeta Abella Caprile. Le mostró su poema "Romancillo cantable" publicado en La Nación y le dijo que podía ser el último. Le confesó que la neurastenia la hacía pensar en suicidarse. Su amiga le prometió rezar por ella.
El 18 de octubre viajó a Mar del Plata. Fue acompañada a la estación Constitución por su hijo Alejandro (de 26 años) y por Lidia Oriolo de Pizzigatti, dueña del hotel donde se alojaba. Cuando el tren partió, Alfonsina le dijo a su hijo: "Escríbeme, que lo voy a necesitar".
Los días siguientes escribió cartas ambiguas a Alejandro, en las que parecía luchar contra la decisión de terminar con su vida. El jueves 20 escribió todo el día abrigada con un poncho catamarqueño, aunque era primavera. El dolor en el brazo era insoportable. El sábado despachó una carta en el buzón: contenía su poema "Voy a dormir", el último que escribió.
El lunes tuvo que venir un médico porque ya no soportaba el dolor. Le pidió a la mucama Celinda que escribiera por ella una carta para Alejandro. A las once y media se acostó a dormir.
Envió tres cartas: una a su hijo, otra a Manuel Gálvez pidiéndole que cuidara de Alejandro, y el poema de despedida a La Nación:
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme puestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste,
todas son buenas; bájala un poquito.Déjame sola: oyes romper los brotes,
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias... Ah, un encargo,
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
Ese último verso es uno de los grandes misterios de la literatura argentina. ¿Quién era "él"? ¿Quiroga, que había muerto más de un año antes? ¿Otro amor secreto? Nunca lo sabremos.
La madrugada del 25 de octubre
Hacia la una de la madrugada del martes 25 de octubre de 1938, Alfonsina abandonó su habitación del hotel y se dirigió a la playa La Perla. Su hijo Alejandro no pudo dormir esa noche en Buenos Aires.
A la mañana siguiente, la mucama Celinda golpeó la puerta para darle el desayuno y no obtuvo respuesta. Pensó que estaba descansando y la dejó dormir.
Pero a las ocho de la mañana, dos obreros de la Dirección de Puertos, Atilio Pierini y Oscar Parisi, vieron algo flotando a doscientos metros de la costa. Atilio se arrojó al agua mientras su compañero llamaba a la policía. Sacaron el cuerpo de una mujer bien vestida. Era Alfonsina Storni.
Hay dos versiones de su muerte. La romántica, que inspiró la canción "Alfonsina y el mar", dice que se internó lentamente caminando en el agua. La más apoyada por investigadores dice que se arrojó desde la escollera del Club Argentino de Mujeres. Sobre la escollera se encontró uno de sus zapatos, enganchado en los hierros.
Alejandro se enteró por la radio. A la tarde, los diarios titulaban: "Ha muerto trágicamente Alfonsina Storni, gran poeta de América".









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