(#BIOGRAFIAS) El Genio del Siglo de Oro, Francisco de Quevedo



Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos nació en Madrid el 14 de septiembre de 1580, en el seno de una familia de hidalgos. Sus padres, Pedro Gómez de Quevedo y María de Santibáñez, ocupaban altos cargos en la corte, lo que permitió a Francisco crecer en un ambiente privilegiado, aunque su infancia estuvo marcada por dificultades físicas y emocionales. Padecía una severa miopía y nació con las piernas torcidas, características que lo convirtieron en objeto de burlas durante su niñez y que probablemente contribuyeron a forjar su carácter mordaz.

Quedó huérfano a temprana edad: su padre falleció cuando tenía seis años, en 1586, y posteriormente perdió a su hermano Pedro. Bajo la tutela de Agustín de Villanueva, Quevedo recibió una educación esmerada en el Colegio Imperial de los Jesuitas en Madrid, donde estudió lenguas clásicas, francés, italiano, filosofía, física y matemáticas. Posteriormente cursó estudios universitarios en Alcalá y Valladolid, aunque nunca llegó a ordenarse como religioso.

Su precoz inteligencia y su amplia formación humanística lo convirtieron pronto en una figura destacada en los círculos literarios. Durante su estancia en Valladolid (1601-1605), donde se había trasladado la corte, comenzó a circular sus primeros poemas, algunos de los cuales parodiaban los de Luis de Góngora, iniciando así una famosa enemistad literaria que perduraría toda su vida.

En 1605, aparecieron dieciocho de sus composiciones en la antología "Flores de poetas ilustres" compilada por Pedro Espinosa, lo que consolidó su reputación como poeta. En estos años también escribió algunos opúsculos burlescos y satíricos bajo anonimato, que lo hicieron muy popular aunque posteriormente renegaría de ellos.

Carrera diplomática y política

La vida de Quevedo experimentó un giro fundamental en 1613, cuando entró al servicio de Pedro Téllez-Girón, III duque de Osuna, como secretario. Le acompañó a Italia, donde el duque fue nombrado virrey primero de Sicilia y posteriormente de Nápoles. Durante este período, Quevedo desempeñó importantes misiones diplomáticas que lo llevaron a Niza y Génova, y se integró activamente en la vida cultural italiana, participando en la Academia de los Ociosos de Nápoles.

En reconocimiento a sus servicios, en 1618 fue nombrado caballero de la Orden de Santiago, un importante honor que reflejaba su ascenso social. Sin embargo, la fortuna política de Quevedo siempre estuvo ligada a la de sus protectores. Así, cuando el duque de Osuna cayó en desgracia en 1620, Quevedo también sufrió las consecuencias y fue desterrado a La Torre de Juan Abad, un señorío que había comprado su madre y sobre el cual Quevedo mantuvo un largo pleito con el concejo local.

Durante este primer destierro, Quevedo se dedicó intensamente a la escritura y encontró consuelo en la filosofía estoica, particularmente en los escritos de Séneca. Tradujo y asimiló el Manual de Epicteto, cuyas enseñanzas influyeron profundamente en su obra moral y filosófica.

La subida al trono de Felipe IV en 1621 y el ascenso del conde-duque de Olivares como valido real supusieron una nueva oportunidad para Quevedo, quien supo ganarse el favor del nuevo régimen trabajando como libelista político. Durante este período, Quevedo acompañó al rey en diversos viajes por España y escribió obras adulatorias hacia el conde-duque. También se involucró en polémicas literarias y religiosas, destacando su participación en la controversia sobre el patronato de España, en la que defendió que Santiago debía seguir siendo el único patrón frente a quienes proponían añadir a Santa Teresa.

Caída en desgracia y últimos años

La carrera cortesana de Quevedo alcanzó su cénit cuando fue nombrado secretario del rey en 1632. Sin embargo, su vida personal seguía siendo turbulenta. En 1634, probablemente presionado por sus conexiones, contrajo matrimonio con doña Esperanza de Mendoza, señora de Cetina, una viuda con hijos. El matrimonio apenas duró tres meses y marcó otro fracaso en la vida personal del escritor.

Sus relaciones con el conde-duque de Olivares fueron deteriorándose progresivamente, posiblemente debido a críticas veladas en sus escritos. El 7 de diciembre de 1639, Quevedo fue arrestado en casa del duque de Medinaceli y conducido al convento de San Marcos en León, donde permaneció prisionero en durísimas condiciones hasta 1643, tras la caída de Olivares. Enfermo y envejecido prematuramente, Quevedo salió de prisión con la salud quebrantada.

Tras su liberación, regresó brevemente a Madrid antes de retirarse a La Torre de Juan Abad. Finalmente, falleció el 8 de septiembre de 1645 en el convento de los dominicos de Villanueva de los Infantes. En 2009, sus restos fueron identificados en la cripta de Santo Tomás de la iglesia de San Andrés Apóstol de esta ciudad.



Comentarios

Entradas populares