(#BIOGRAFIAS Presenta ) La Voz Rebelde de las Letras Mexicanas, Elena Garro
En el panteón de las letras mexicanas, pocas figuras resultan tan fascinantes y contradictorias como Elena Garro. Mujer adelantada a su tiempo, dramaturga revolucionaria, novelista visionaria y cronista implacable de su época, Garro construyó una obra literaria que desafió las convenciones de su tiempo mientras navegaba las turbulentas aguas de un México en constante transformación. Su vida, marcada por el amor tóxico, el exilio forzado y el ostracismo intelectual, se convirtió en un testimonio tan dramático como cualquiera de sus obras teatrales.
Los Primeros Años: Entre Dos Mundos
Elena Delfina Garro Navarro nació el 11 de diciembre de 1916 en Puebla, apenas seis años después del estallido de la Revolución Mexicana. Hija de José Antonio Garro Melendreras, un español que había cruzado el Atlántico en busca de fortuna, y de Esperanza Navarro Benítez, mexicana originaria de Chihuahua, Elena creció en la encrucijada de dos culturas, dos visiones del mundo que marcarían profundamente su sensibilidad literaria.
Su infancia transcurrió en Iguala, Guerrero, un pueblo de provincia donde la joven Elena —tercera de cinco hermanos— desarrolló ese oído privilegiado para captar las voces, los mitos y las leyendas de la México rural que más tarde poblarían sus cuentos y novelas. En ese mundo de la provincia mexicana, donde la línea entre la realidad y la fantasía se difuminaba con facilidad, Garro encontró el material narrativo que la convertiría en precursora de lo que más tarde se llamaría "realismo mágico", aunque ella despreciara profundamente ese término comercial.
La Ciudad de México: Despertar Intelectual
Entre los 12 y 13 años, Elena regresó a la Ciudad de México para completar su educación primaria y secundaria. Fue en el prestigioso Antiguo Colegio de San Ildefonso, sede de la Escuela Nacional Preparatoria de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde la inquieta adolescente descubrió su vocación por las artes y las letras. Pero Garro no era una estudiante convencional: además de destacar en sus estudios, se sumergió en el mundo de la danza, el teatro y la coreografía.
Su participación en el Teatro Universitario resultó formativa. Actuó en Las Troyanas, dirigida por Julio Bracho, compartiendo escenario con figuras como Isabela Corona. Incluso apareció en el cortometraje Humanidad (1933) de Adolfo Best Maugard. Estas experiencias no solo pulieron su sentido dramático, sino que le enseñaron el poder comunicativo del teatro, esa capacidad única de crear realidades alternas ante los ojos del espectador.
Cuando ingresó a la carrera de Letras Españolas en la UNAM, Elena Garro parecía destinada a una brillante carrera académica. Pero el destino, o más bien un joven poeta llamado Octavio Paz, tenía otros planes para ella.
El Matrimonio Imposible: Elena y Octavio
La relación entre Elena Garro y Octavio Paz representa uno de los capítulos más tormentosos y reveladores de la historia literaria mexicana. Se conocieron cuando ambos eran estudiantes universitarios. Paz, cuatro años mayor que Elena, quedó cautivado por la inteligencia y belleza de la joven pueblana. Comenzó a acompañarla diariamente desde San Ildefonso hasta su casa en el Parque México, caminatas interminables donde discutían sobre libros, filosofía y literatura.
Pero lo que podría parecer un romance de película escondía una realidad más oscura. "Era loco Octavio", recordaría años después Elena. "Yo los dejaba conversando [a Paz y a su padre] y me iba a dormir". No había en ella el enamoramiento febril, sino más bien una capitulación gradual ante la insistencia masculina.
El 25 de mayo de 1937, Elena y Octavio contrajeron matrimonio en una ceremonia discreta con solo cuatro testigos. Para cumplir con el requisito legal de los 21 años, mintieron sobre la edad de Elena, quien tenía apenas 20. Fue el comienzo de un matrimonio que ella misma describiría como "un internado de reglas estrictas y regaños cotidianos".
"Me casé porque él quiso", confesaría Elena décadas después, "pero desde entonces nunca me dejó volver a la universidad. Me dediqué a ser periodista porque él ganaba muy poco dinero entonces y porque eso no opacaba a nadie, sino que producía dinero. Y me dediqué a callar porque había que callar".
La biógrafa Patricia Rosas Lopátegui reveló un dato escalofriante: Octavio Paz prohibió explícitamente a Elena escribir poesía. "Ese era su terreno", le había dicho. Así, una de las voces más originales de la literatura mexicana fue silenciada en uno de sus posibles campos de expresión por los celos profesionales de su marido.
España 1937: El Bautismo de Fuego
Apenas tres semanas después de casarse, Elena acompañó a Octavio a España para asistir al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura en Valencia, en plena Guerra Civil Española. El viaje fue revelador. Mientras intelectuales de todo el mundo se reunían para defender la causa republicana, Elena observaba con ojo crítico —y a veces burlón— las poses, contradicciones y vanidades de los "comprometidos" escritores.
Junto a figuras como José Mancisidor, Juan de la Cabada, Silvestre Revueltas y Carlos Pellicer, Elena fue testigo de uno de los momentos más dramáticos del siglo XX. Pero su mirada no se dejó seducir por la épica revolucionaria. Décadas después, en 1992, publicaría Memorias de España 1937, un relato ácido, irónico y profundamente desmitificador de aquel viaje. El texto escandalizaría por su descripción crítica —y hasta cómica— de las personalidades y actitudes de los intelectuales asistentes.
La Maternidad y el Nomadismo
En 1948, once años después de su matrimonio, nació Laura Helena Paz Garro, conocida como "La Chata". La maternidad no alivió las tensiones del matrimonio, sino que añadió una nueva víctima a una relación ya de por sí tóxica. Helena crecería atrapada entre dos fuegos enemigos, sin una relación sólida con su padre y destinada a compartir el exilio y el ostracismo con su madre.
Entre 1951 y 1954, la familia vivió en Japón, donde Paz trabajaba como diplomático. Fue un periodo de aislamiento para Elena, quien se sentía perdida en un país cuyo idioma no hablaba y cuyas costumbres le resultaban incomprensibles. Sin embargo, estas experiencias de desarraigo nutrirían su literatura, dotándola de esa perspectiva del extranjero, del perpetuo desplazado que caracteriza a muchos de sus personajes.
El Estallido Creativo: 1958-1964
A pesar de las restricciones impuestas por su matrimonio, o quizás precisamente por ellas, Elena Garro produjo en la década de 1950 y principios de los 60 algunas de las obras más innovadoras del teatro y la narrativa mexicana.
En 1958 publicó Un hogar sólido, una obra teatral que fue incluida en la segunda edición de la célebre Antología de la literatura fantástica de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. El reconocimiento de estos maestros de la literatura fantástica validaba lo que los lectores mexicanos comenzaban a intuir: Elena Garro poseía una voz única, capaz de difuminar las fronteras entre realidad y fantasía con una naturalidad asombrosa.
Sus obras teatrales de un solo acto, como Andarse por las ramas y Los pilares de doña Blanca, fueron montadas por el grupo Poesía en Voz Alta y recibidas con entusiasmo por la crítica. En estas piezas, Garro desplegaba un teatro poético, ilógico, que algunos emparentarían con el teatro del absurdo europeo, pero que en realidad brotaba de fuentes muy distintas: el folclor mexicano, las leyendas indígenas, la cosmovisión de los pueblos originarios.
Los recuerdos del porvenir: La Obra Maestra
En 1963, Elena Garro publicó Los recuerdos del porvenir, una novela que inmediatamente fue reconocida como una obra maestra. Ese mismo año ganó el prestigioso Premio Xavier Villaurrutia, consolidando su reputación como una de las voces más importantes de la literatura mexicana.
La novela, ambientada en Ixtepec durante la Guerra Cristera, es narrada por el propio pueblo, convertido en una voz colectiva que recuerda su pasado desde un presente incierto. El tiempo no fluye linealmente en esta obra, sino que se pliega sobre sí mismo, creando esa paradoja del título: los recuerdos miran hacia el futuro tanto como hacia el pasado.
La crítica ha señalado las similitudes entre Los recuerdos del porvenir y Pedro Páramo de Juan Rulfo: ambas denuncian el caciquismo, las cuentas pendientes de la Revolución Mexicana, la violencia endémica del medio rural. Pero la novela de Garro va más allá, introduciendo elementos fantásticos que algunos críticos considerarían precursores del realismo mágico de Gabriel García Márquez, aunque Cien años de soledad se publicaría cuatro años después.
Elena siempre rechazó esa etiqueta. Para ella, el llamado "realismo mágico" era simplemente la cosmovisión indígena, la forma natural en que los pueblos originarios de América entendían el mundo. "Era una etiqueta mercantilista que le molestaba", explicaba su biógrafa Patricia Rosas Lopátegui. "Decía que el realismo mágico era la esencia de la cosmovisión indígena, por lo tanto nada nuevo bajo el sol".
La semana de colores: Cuentos Inolvidables
En 1964, apenas un año después de su novela triunfal, Garro publicó La semana de colores, una colección de cuentos que se convertiría en referencia obligada de la narrativa breve mexicana. El volumen incluía "La culpa es de los tlaxcaltecas", un relato que rápidamente alcanzó el estatus de clásico.
En este cuento magistral, una mujer indígena casada con un taxista en la Ciudad de México moderna se encuentra con su esposo de otra vida, un guerrero del México prehispánico. El pasado y el presente coexisten, se entretejen, se confunden. La historia termina con la protagonista abandonando su vida contemporánea para regresar al mundo azteca, borrando las fronteras entre los tiempos históricos.
La literatura de Garro, como señalaron los críticos, "exige el pensamiento flexible del lector por la presencia de temas feministas, así como un lector capaz de entender la desacralización de la violencia revolucionaria". Sus personajes femeninos no son víctimas pasivas, sino mujeres que toman decisiones radicales, que desafían las convenciones sociales, que eligen su destino aunque este sea trágico.
El Divorcio y las Infidelidades
Para 1959, el matrimonio entre Elena y Octavio era insostenible. Las infidelidades habían minado cualquier resto de afecto. A finales de los años 40, Paz había mantenido una relación con la pintora Bona Tibertelli de Pisis. Elena, por su parte, se había enamorado perdidamente del escritor argentino Adolfo Bioy Casares.
"Es el único hombre en el mundo del que me he enamorado y creo que eso nunca me lo perdonó Octavio", confesaría Elena. La presión de un matrimonio sin amor la llevó a intentar suicidarse en 1947, un episodio que pocas biografías mencionan pero que revela la profundidad de su desesperación.
Finalmente, en 1959, firmaron el divorcio. Pero el final legal del matrimonio no terminó con la influencia mutua —y mutuamente destructiva— que ejercerían el uno sobre el otro durante las siguientes décadas.
1968: El Año que Cambió Todo
Si hay un año que marca un antes y un después en la vida de Elena Garro, ese es 1968. Su participación contradictoria y nunca del todo aclarada en los eventos del Movimiento Estudiantil mexicano la convertiría en persona non grata en los círculos intelectuales de su país y la llevaría a un exilio que duraría más de veinte años.
Los hechos son confusos y siguen siendo objeto de debate. Garro asistió a dos reuniones de la Asamblea de Intelectuales, Artistas y Escritores en apoyo del Movimiento Estudiantil, el 14 y el 30 de agosto de 1968, acompañada por su hija Helena. Sin embargo, desde el principio ella declaró públicamente que no simpatizaba con el movimiento. El 17 de agosto publicó en la Revista de América un artículo titulado "El complot de los cobardes, los intelectuales y los estudiantes".
Después de la masacre de Tlatelolco el 2 de octubre, el 5 de octubre Sócrates Amado Campus Lemus —uno de los líderes estudiantiles más controvertidos y posteriormente acusado de colaborar con el gobierno— declaró que Elena Garro le había dicho que el movimiento necesitaba un líder de "redundancia y prestigio nacional" como el político Carlos Madrazo, cercano a Garro.
Para defenderse de esta acusación, Elena convocó a una rueda de prensa que resultaría desastrosa. Sin ningún papel preparado, la escritora habló contra "los intelectuales a secas". Los periódicos del 7 de octubre reportaron que había delatado a una lista de quinientos intelectuales, nombrando específicamente a Luis Villoro, Rosario Castellanos, Carlos Monsiváis, Leopoldo Zea, y otros prominentes figuras culturales.
Elena siempre juró que nunca dio nombres específicos, que fueron los periodistas quienes "pusieron los nombres que quisieron". Pero el daño estaba hecho. Acusada simultáneamente de ser instigadora del movimiento por el gobierno y de delatora por los intelectuales, su posición se volvió insostenible.
"Todos estos hechos son extraliterarios", observó un crítico, "pero influyeron de manera negativa en su obra". El ostracismo intelectual la obligaría a guardar silencio literario durante más de una década.
El Exilio: Veinte Años de Sombra
Después de constantes cambios de domicilio en la Ciudad de México y de viajes a Monterrey, Torreón y Nueva York, en 1972 Elena y Helena viajaron a Estados Unidos para tratar el cáncer que padecía la joven. Cuando les negaron el asilo político —en parte debido a una extraña participación de Garro en declaraciones sobre el asesinato de Kennedy—, madre e hija se mudaron a España y finalmente a París.
Los años del exilio están envueltos en versiones contradictorias. Elena sostiene que vivió en la pobreza más extrema, llegando a residir en un asilo de indigentes en 1978. En cartas a su amiga Gabriela Mora, se quejaba: "Padezco la constante urgencia de sobrevivir y esto me inutiliza y me harta". En otra misiva escribía: "Siempre pienso escribir y no encuentro el tiempo, ni el espacio, ni el lugar".
Otros testigos disputan esta versión, sugiriendo que su situación no era tan desesperada. Lo cierto es que estas carencias —reales o percibidas— afectaron su producción literaria. A menudo declaró que publicaba obras por necesidad económica, sin el tiempo necesario para pulirlas adecuadamente.
A pesar de estas dificultades, Garro continuó escribiendo. En 1980 publicó Andamos huyendo Lola, su segundo volumen de cuentos. En 1981, Testimonios sobre Mariana —una novela que había comenzado en 1964— le valió el Premio Grijalbo. En 1983 apareció La casa junto al río, y en 1991, Y Matarazo no llamó.
El Teatro de la Memoria
En 1979, la UNAM estrenó Felipe Ángeles, una obra teatral sobre el general revolucionario fusilado por órdenes de Carranza. La obra representaba un ejercicio de reivindicación histórica, cuestionando las narrativas oficiales sobre la Revolución Mexicana. En ella, Garro exploraba temas como la libertad política, la traición y la construcción del poder.
Tres años más tarde apareció Reencuentro de personajes (1982), y finalmente, en 1992, Memorias de España 1937, aquel relato desmitificador del viaje que había hecho 55 años antes junto a Octavio Paz.
El Regreso: 1994-1998
En 1994, después de más de veinte años de autoexilio, Elena Garro regresó a México. Se instaló en Cuernavaca, donde viviría sus últimos cuatro años. El regreso coincidió con un renovado interés crítico en su obra. Una nueva generación de lectores descubría la originalidad y fuerza de su literatura.
En estos años finales publicó varias novelas: Inés (1995), que abordaba el tema del erotismo; Un corazón en un bote de basura (1996), que le valió el Premio Nacional de Narrativa Colima; y Busca mi esquela (1996), galardonada con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz.
Recibió también el Premio Juan Ruiz de Alarcón en 1994 y múltiples homenajes. Pero su salud se deterioraba. El cáncer de pulmón que la aquejaba avanzaba implacablemente.
La Reconciliación Imposible
A finales de 1989, desde París, Elena había escrito una carta desgarradora a Octavio Paz, pidiéndole perdón y suplicándole que se acercara a su hija Helena. "No lloro por mí. Lloro porque el mal que hice ya no tiene remedio. Y ese mal ha caído sobre la Chata, que ninguna culpa tiene", escribió. "¡Ay! Octavio, yo tengo que llorar hasta mi último día, a ver si Dios me perdona por haber sido tan rebelde, estúpida, egoísta y majadera".
La carta revelaba un arrepentimiento profundo, una toma de conciencia tardía del daño que su relación tormentosa había causado, especialmente a Helena. "No creo que tú puedas perdonarme", continuaba, "pero yo cumplo con una necesidad muy grande, que tengo de implorar tu perdón".
Hubo un acercamiento. Helena visitó a su padre en Londres, lo acompañó a Estocolmo cuando recibió el Premio Nobel en 1990. "Fui muy feliz, le agradecí ese gesto. Se merecía el reconocimiento", recordaría Helena. Pero la relación nunca fue genuinamente cercana. Demasiado daño, demasiados años de ausencia.
Octavio Paz murió el 19 de abril de 1998. Elena Garro lo siguió cuatro meses después.
El Final
Elena Garro falleció el 22 de agosto de 1998 en Cuernavaca, a los 81 años, por complicaciones cardiorrespiratorias derivadas del cáncer de pulmón. Fue sepultada en el cementerio Jardines de la Paz de esa ciudad. Su hija Helena sobrevivió solo seis meses más, muriendo en enero de 2014.
Hasta sus últimos días, Elena mantuvo una postura ambivalente respecto a Octavio Paz. Por un lado, el arrepentimiento expresado en aquella carta de 1989. Por otro, una declaración que resume décadas de resentimiento: "Yo vivo contra él, estudié contra él, hablé contra él, tuve amantes contra él, escribí contra él y defendí indios contra él. Escribí de política contra él, en fin, todo, todo, todo lo que soy es contra él […] en la vida no tienes más que un enemigo y con eso basta. Y mi enemigo es Paz".









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