(#BIORAFIAS) La voz que desafió los silencios de México, Inés Arredondo

 


 "Cambia el canal de la televisión", le pidió a su esposo. Y en ese instante, sin aspavientos ni drama, Inés Arredondo se fue como había vivido: en silencio. Era el 2 de noviembre de 1989, tenía 61 años, y dejaba tras de sí apenas 37 cuentos que bastarían para colocarla entre las escritoras más importantes de México. Porque Inés no necesitaba más. Con esa obra breve, precisa como un bisturí, había abierto heridas que la sociedad mexicana prefería mantener cerradas.

Los años de formación: entre el azúcar y las letras

Inés Amelia Camelo Arredondo nació el 20 de marzo de 1928 en Culiacán, Sinaloa, hija del médico liberal Mario Camelo y Vega y de Inés María Arredondo Ceballos. Fue la mayor de nueve hermanos y pasó gran parte de su infancia en la hacienda azucarera de su abuelo materno, Francisco Arredondo, cercana a Culiacán y llamada Eldorado. Ese nombre —evocador, mítico— pareció profético para una niña que convertiría las palabras en su propio territorio dorado.

"El amor por las palabras y los libros lo manifesté como a los 4 años, cuando empecé a leer", recordaría años después. "Y como premio, una Navidad mis padres me regalaron la preciosa enciclopedia de tomos, El tesoro de la juventud, que se convirtió en una fuente invaluable de información para mi apetito intelectual que cada vez crecía más".

Entre 1936 y 1944, fue alumna del Colegio Montferrant en Culiacán, un colegio de monjas españolas. De 1945 a 1946, cursó estudios de preparatoria en el Colegio Aquiles Serdán en Guadalajara. Pero ambos lugares le parecieron demasiado estrechos para su curiosidad voraz.

La crisis existencial y el cambio de rumbo

En 1947, Inés se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en Ciudad de México para obtener una licenciatura en filosofía. Sin embargo, un año después, los escritos de Nietzsche y Kierkegaard la sumieron en una profunda crisis existencial. La depresión fue tal que decidió cambiar de carrera a letras hispánicas en 1948. Fue, quizás, la primera de muchas crisis que marcarían su vida, pero también la que le permitió encontrar su verdadero camino.

En la universidad, su mundo se expandió exponencialmente. Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos y Jaime Sabines fueron sus compañeros de estudios. Julio Torri, Francisco Monterde y Carlos Pellicer, sus maestros. Se graduó en 1950 con una tesis titulada Sentimientos e ideas políticas y sociales en el Teatro Mexicano de 1900 a 1950.

Durante esos años universitarios, conoció a muchos exiliados de la guerra civil española. Los republicanos serían para ella un fuerte contrapeso contra las corrientes nacionalistas vigentes en México. También descubrió el existencialismo francés, el surrealismo, la Generación del 27 española, y —crucialmente— a Juan Rulfo y Juan José Arreola, quienes le mostrarían nuevas posibilidades para la narrativa mexicana.

Los años laborales: construyendo una vida literaria

Entre 1950 y 1951, Inés estudió Arte Dramático, y en 1953 realizó un curso de Biblioteconomía. Su formación fue deliberadamente multidisciplinaria, cada área alimentando las otras en una síntesis que enriquecería su escritura.

Entre 1952 y 1955, trabajó en la Biblioteca Nacional, sustituyendo a Emilio Carballido en una cátedra de la Escuela de Teatro de Bellas Artes. Colaboró en la redacción del Diccionario de Literatura Latinoamericana editado por la Unesco. De 1959 a 1961, fue redactora del Diccionario de Historia y Biografía Mexicanas y trabajó como autora para la radio y la televisión. También se desempeñó como traductora, y de este trabajo le surgió la idea para su primer cuento propio, "El membrillo", publicado en 1957 en la Revista de la Universidad de México.

Fue un cuento que llegó de manera casi accidental, producto de su trabajo como traductora, pero que marcó el inicio de una de las voces más singulares de la literatura mexicana.

Amor, matrimonio y la Revista Mexicana de Literatura

En 1958, Inés se casó con el escritor y poeta Tomás Segovia, una figura central en la vida cultural mexicana. Con él tendría cuatro hijos: Inés, José, Ana y Francisco. Pero la tragedia golpeó temprano: José falleció tras el parto, lo que provocó en Arredondo una fuerte depresión que nunca la abandonaría del todo.

Junto a Segovia, Inés trabajó en la Revista Mexicana de Literatura, una publicación fundamental para entender la cultura mexicana de mediados del siglo XX. La revista había sido reiniciada en 1955 bajo la dirección de Carlos Fuentes y Emmanuel Carballo como una forma de contrarrestar la entonces creciente tendencia hacia el nacionalismo oficial. Cuando Tomás Segovia asumió la dirección en 1959, Inés se convirtió en una colaboradora fundamental.

Lo curioso —y revelador de la condición de las mujeres intelectuales de la época— es que aunque Inés participaba activamente en todo (corregía textos, armaba números, asistía a reuniones, votaba sobre qué materiales se publicarían), su nombre nunca apareció en la lista de los miembros del consejo de redacción. "Es curioso, yo siempre estuve metida en la revista, pero como sombra: las reuniones eran en casa de Tomás y mía, y yo sí votaba y todo, pero mi nombre no aparecía en la revista: mesas de redacción iban y mesas de redacción venían y a mí me tocaba corregir planas, corregir galeras, seleccionar material y todo eso", confesó años después.

Era una "sombra" con voz y criterio, pero una sombra al fin. Elena Poniatowska recordaría más tarde que, durante el tiempo de Arredondo en la revista, fue para los otros una especie de musa, "la única mujer de su generación", y que tuvo a Huberto Batis y Juan García Ponce como "adoradores".

La Generación del Medio Siglo: contexto y camaradería

Inés Arredondo perteneció a la llamada Generación del Medio Siglo, también conocida como grupo de la Casa del Lago o grupo de la Revista Mexicana de Literatura. Junto a escritores como Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Huberto Batis y José de la Colina, entre otros, estos jóvenes intelectuales no solo desarrollaron una obra creativa propia, sino una labor crítica sobre distintos campos artísticos: teatro, cine, pintura, música, poesía, novela, cuento y ensayo.

El perfil de una generación

Esta generación se caracterizó por siete aspectos fundamentales:

  1. Rechazo al nacionalismo: Adoptaron una postura contraria a ciertas tendencias nacionalistas de los años cuarenta, cuestionando los presupuestos de la Revolución mexicana y denunciando las promesas revolucionarias incumplidas.

  2. Cosmopolitismo: Fomentaron y enriquecieron una labor cultural con pocos precedentes en la historia nacional, mirando más allá de las fronteras mexicanas.

  3. Pluralismo: Se abrieron al quehacer cultural y literario de otros países del mundo, traduciendo y difundiendo a autores como Pavese, Musil, Mann, Joyce, Sade y Miller.

  4. Solidaridad intelectual: Apoyaron a otros jóvenes intelectuales y escritores tanto nacionales como extranjeros.

  5. Participación institucional: Trabajaron en distintas instituciones culturales, como el Centro Mexicano de Escritores (Inés obtuvo la beca en 1961-1962) y en la Casa del Lago de la UNAM.

  6. Actitud crítica: Ejercieron una labor crítica hacia la cultura en diversas revistas y suplementos como México en la Cultura y La Cultura en México.

  7. Apoyo editorial: Contaron con el respaldo de editoriales como Era, Joaquín Mortiz, el Fondo de Cultura Económica y la Universidad Veracruzana.

Como explicó Huberto Batis, los miembros de esta generación no solo tenían intereses y voluntades afines, sino que "hubo también una serie de instituciones y publicaciones literarias que, en gran medida, promoverían y facilitarían su integración".

El contexto histórico: México a mediados del siglo XX

Inés Arredondo vivió y creó en un México complejo y contradictorio. Su vida adulta transcurrió durante el llamado "milagro mexicano" (1940-1970), periodo de crecimiento económico sostenido pero también de creciente desigualdad social. El país se urbanizaba rápidamente, la clase media se expandía, pero las estructuras tradicionales —patriarcales, autoritarias, profundamente conservadoras— permanecían intactas bajo el barniz de la modernización.

El gobierno del PRI mantenía un férreo control cultural, promoviendo un nacionalismo oficial que la Generación del Medio Siglo rechazaba activamente. La censura, aunque no siempre explícita, operaba mediante mecanismos sutiles: qué se publicaba, qué se premiaba, qué se enseñaba en las escuelas.

Para las mujeres, las contradicciones eran aún más marcadas. Aunque algunas, como Inés, accedían a la universidad y al mundo intelectual, seguían atrapadas en expectativas sociales rígidas. El divorcio era un escándalo, la sexualidad femenina un tabú, y los "secretos familiares" —incesto, abuso, violencia doméstica— se guardaban celosamente bajo el manto del "qué dirán".

En este contexto, escribir lo que Inés escribió no era solo un acto literario. Era un acto de transgresión.

Montevideo, la separación y el dolor

En 1962, en un intento por resolver los problemas maritales con Tomás Segovia, ambos se mudaron a Montevideo, donde Inés trabajó en la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC). Ese mismo año, recibió una beca de la Fundación Fairfield en Nueva York, un reconocimiento a su talento emergente.

Pero Montevideo no salvó el matrimonio. La pareja se separó definitivamente. Inés volvió a México y el divorcio se consumó en 1965. El mismo año —como si necesitara reafirmar su identidad más allá del matrimonio fallido— publicó su primer libro de cuentos, La señal.

Fue también el momento en que su cuerpo comenzó a traicionarla. Empezó a tener problemas severos con su columna vertebral. Fue operada cinco veces y tuvo que pasar muchos años de su vida en una silla de ruedas. El dolor físico se sumó al dolor emocional en una ecuación brutal que, paradójicamente, alimentaría la intensidad de su escritura.

Una carrera multifacética

A pesar de sus crisis de salud y emocionales, Inés mantuvo una actividad profesional impresionante durante los años sesenta y setenta:

  • Miembro de la Mesa de Redacción de la Revista Mexicana de Literatura hasta su fin en 1965
  • Investigadora de la Coordinación de Humanidades de la UNAM (1965-1975)
  • Conferencista invitada en Indiana University y Purdue University (1966)
  • Profesora en la UNAM en la materia "Siglos de oro" y de Literatura en la Escuela de Cine (1965-1968)
  • Crítica del suplemento México en la cultura (1965-1967)
  • Colaboradora de Radio Universidad (1965-1970)
  • Profesora de la Escuela de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes (1965 y 1967)
  • Coguionista con Juan García Ponce de Mariana, película dirigida por Juan Guerrero (1967)
  • Profesora de Historia del teatro en la Universidad Iberoamericana (1970)
  • Investigadora del Centro de Estudios de Historia de México, CONDUMEX (1966-1973)

Era una mujer que no se detenía, que no se rendía, incluso cuando el cuerpo y la mente le fallaban.

Segundo matrimonio y nuevo comienzo

En 1972, Inés contrajo matrimonio por segunda ocasión con el médico cirujano Carlos Ruiz Sánchez, con quien permanecería hasta su muerte. Este matrimonio le dio la estabilidad emocional que necesitaba. Carlos la cuidó durante sus múltiples crisis de salud y fue un apoyo fundamental en sus últimos años.

Estuvo internada un par de veces en hospitales psiquiátricos de la Ciudad de México. Las depresiones, los dolores de columna, las jaquecas, la colitis —todo se intensificaba en ciclos que parecían no tener fin. Además de las cinco cirugías de columna, sufrió otras operaciones: una por oclusión intestinal y otra por un problema en los ojos.

Pero ni el dolor físico ni las crisis mentales detuvieron su pluma.

La consagración: Río subterráneo y el Villaurrutia

En 1979, catorce años después de La señal, Inés publicó su segundo libro de cuentos: Río subterráneo. El título era perfecto —evocaba esas corrientes ocultas, subterráneas, que recorren la psique humana y la estructura social mexicana. Los temas eran los mismos que en su primer libro, pero trabajados con una maestría aún mayor: el erotismo, el mal, lo siniestro, la locura, la mirada, lo ominoso, lo sagrado, la dialéctica pureza/impureza.

El libro le valió el Premio Xavier Villaurrutia, uno de los más prestigiosos de México. Era el reconocimiento oficial a una obra que había sido, hasta entonces, más admirada que comprendida, más aplaudida que leída.

A partir de ese momento, comenzaron los homenajes. En 1980, la Biblioteca del Congreso de Washington le pidió grabar tres de sus cuentos, trabajo que la UNAM editó en un disco dentro de la serie Voz Viva de México. Recibió reconocimientos en Mocorito, Sinaloa, a fines de 1980, y en el Tecnológico de Monterrey en 1983.

Retomó sus estudios y escribió su tesis de maestría sobre el ensayista y poeta mexicano Jorge Cuesta, obteniendo una mención honorífica al graduarse en 1980. Fue una investigación original y novedosa que analizaba, por primera vez en México, la poética de uno de los principales exponentes del grupo Contemporáneos, de quienes Arredondo y su generación eran fieles seguidores.


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